CAPACITADOS PARA RESTAURAR. Jay. E. Adams.

Luisa Raquel Toro Montaña


Tal y como Jay E. Adams lo aclara, la tesis para escribir este libro es que, consejeros cristianos aptos, instruidos de manera apropiada en las Escrituras, están calificados para aconsejar, mucho más calificados incluso, con mayores credenciales, que los psiquiatras o que ningún otro profesional.

Para que esto sea posible es absolutamente perentorio, que quiénes vayan a dar orientación estén arraigados en tres convicciones: 1) La Palabra de Dios es nuestra única autoridad en toda labor de consejería o instrucción. 2) La instrucción bíblica debe ser parte de los Ministerios de discipulado  que se desarrollan dentro de las iglesias locales, como también, de todos los Ministerios de Capellanía impartidos dentro de grupos sociales, aunque estos no sean de carácter eclesial, y 3) Los hijos de Dios deben y pueden estar enteramente capacitados para orientar de manera eficaz.

Dios nos ha dejado escrita Su Palabra, entre otros propósitos, con el fin de ayudar a los creyentes genuinos en la tarea de comprender a las personas y sus problemas desde una óptica escritural. El Ministerio Evangélico comete una grave equivocación cuando cambia los conceptos y métodos de instrucción bíblica por los engañosos conceptos psicoanalíticos. Cada creyente debe asumir la responsabilidad que Dios le ha dado para aconsejar, responsabilidad que ha recibido tácitamente junto con el privilegio de entender Su mensaje.

La pregunta del millón, planteada aquí por el Dr. Adams: “El problema fundamental de las personas que acuden a una consulta personal, ¿es enfermedad o pecado?”

Disyuntivas muy difíciles surgen ante realidades como, la relación de la demencia con la posesión demoníaca; el modelo médico que pretende eliminar el sentido de responsabilidad personal del pecador sobre su comportamiento, un tipo de herejía siquiátrica; el fracaso personal en afrontar los problemas de la vida y sus subsiguientes consecuencias; su incapacidad para perdonar y abandonar su comportamiento pecaminoso sin la acción del Espíritu Santo.

Según el modelo estudiado, el orientador cristiano debe empezar por las consecuencias del pecado personal, (tanto los que el aconsejado ha cometido, como los cometidos contra él), y también, las consecuencias del pecado de Adán sobre la generación humana; así, logrará sacar a la luz los motivos que han promovido una conducta específica. Descubrirá que el pecado incluye conductas incorrectas, pensamientos distorsionados, inclinación a seguir los deseos personales y un cúmulo de malas actitudes. ¡El problema en el creyente es la secuela del pecado, y en el no creyente, es el pecado que lo gobierna!

Nuestros días no corresponden a una época de represión, por el contrario, de permisividad. Así que, los problemas de las personas son reales y tienen para ellos, la capacidad de derrumbar sus vidas, su salud, sus relaciones, su economía y su entorno en general. El paciente sufre de verdadera culpabilidad, no de sentimientos de culpabilidad, (falsa culpabilidad). Se encuentran en estas situaciones aparentemente sin salida, en la mayoría de casos, no debido a que estén enfermos, sino a que están en pecado.

Nuestro Señor Jesús habló del Espíritu Santo como una persona, no como una influencia, no como un poder místico, no como una fuerza etérea impersonal o fantasmal. El Espíritu tiene todos los atributos de una personalidad, (mente, emociones y voluntad) y todos los atributos de la Deidad. Él es un Ayudador exactamente con la misma esencia de Jesús. Por tanto, el orientador bíblico debe tener una creciente relación con el Señor, prosperando también en conocimiento como en obediencia a la Palabra de Dios y estar alerta sobre su propia posibilidad de caer en pecado.

Orientar es la Obra del Espíritu Santo, Él es la fuente de todo cambio genuino. Las capacidades del consejero, dones del Espíritu, deben ejercer bajo la llama del Espíritu y Su dirección. Una posición doctrinal correcta es también necesaria en las situaciones particulares de cada ayudado, por ejemplo: “cuando un esposo no ama a su esposa como debería, es porque no ha entendido la doctrina de Cristo”. En todo problema que exista un conflicto con un tercero, es evidente una falla de la persona en su relación con Dios.

La orientación bíblica es una extensión del discipulado, no hay porque marcar una brecha entre estos dos; discipular, es la enseñanza de principios bíblicos a un creyente, a la vez que, la orientación, usa esos mismos principios para tratar con ciertas situaciones en las vidas de las personas. La orientación se hace más productiva cuando surge de manera natural dentro del ministerio de discipulado, enseñando cómo vivir a la manera de Dios. De hecho, que todo orientador bíblico debe ser un juicioso maestro, comprometido con un enfoque preeminentemente hacia Dios y Su Palabra.

La orientación bíblica debe permanecer enmarcada en una determinación consiente e irreversible de glorificar a Dios en la vida de los aconsejados, sólo así puede haber restauración, pues Su gloria incluye el bienestar de los Suyos. Las presuposiciones, juicios y conclusiones egoístas, siempre provocan destrucción. Obviamente, así como en el caso de los falsos maestros, algunos consejeros han probado ser ciegos guías de ciegos, han adoptado conceptos que halagan los oídos pero que no son bíblicos y deshonran el Evangelio, conceptos que sólo hacen que las personas sientan justificada sus maldades.

El orientador bíblico debe ser un ayudador integral, sentir un cuidado e interés genuinos en la persona, percibirla como el alma qué es, así, el orientado será más receptivo al consejo de alguien que sabemos está con y por él. El impacto o influencia sobre la vida de las personas está generalmente en relación con cómo nos perciben, Jay Adams, menciona tres formas en que podemos desarrollar identificación con los aconsejados: La compasión, el respeto y la sinceridad.

María, la hermana de Lázaro, y muchos otros con quienes el Señor Jesús tuvo contacto durante Su Ministerio, sintieron cuánto interés tenía Él por ellos. Ésta fue una de las cualidades que Lo confirmaba como el Consejero Admirable. No se dedicó a observar solamente los problemas y discurrir versículos bíblicos, ejemplificó la compasión que todo consejero necesita sentir por aquellos a quienes está ayudando.

Otro consejero compasivo fue el apóstol Pablo; solemos creer que sólo fue un decidido defensor de la fe y un teólogo brillante, pero encontramos en Segunda de Corintios 11: 29,  “¿Cuándo alguien se siente débil, no comparto yo su debilidad? ¿Y cuándo a alguien se le hace tropezar, no ardo yo de indignación?” Pablo se preocupaba por las personas y éstas lo sabían, les había hablado con franqueza, les había abierto de par en par su corazón, siempre les había dado su afecto, (Segunda de Corintios 6:11).

En los valiosos aportes sobre consejería del Dr. John MacArthur encontramos los siguientes:

Piense en el aconsejado como en un miembro de su familia: Cuando analizamos cómo trataríamos a uno de nuestros familiares más cercanos y amados, ¿Cómo les hablaríamos? ¿En qué términos y usando qué lenguaje? Si, fuera nuestro padre, nuestra madre, nuestro hijo, nuestra hija, los que se estuviesen perdiendo en una triste situación, ¿Qué recursos de amabilidad, amor y persuasión usaríamos para lograr rescatarlos? A decir verdad, nuestros aconsejados, son almas amadas de hermanos y hermanas que queremos rescatar para Cristo.

Jamás perdamos de vista nuestra propia pecaminosidad: Pablo asume en Gálatas 6:1, que el orientador cristiano es de hecho un hombre espiritual, una mujer espiritual; sin embargo, debe cuidarse,  permanecer alerta sin confiarse, porque también, igual que sus aconsejados, es susceptible de ser tentado o engañado. Nadie ha cometido algún pecado que nosotros no pudiéramos haber cometido, sino hubiera sido por la asombrosa gracia y cuidado de Dios.

Para nuestros orientados no sólo es necesario saber que nos preocupamos por ellos, sino también, y muy importante, ¡que los respetamos! La definición oficial de respeto es, “actitud de consideración, acompañada de cierta sumisión, con que se trata a una persona o una cosa por alguna cualidad, situación o circunstancia” Así, debemos tener siempre en nuestra mente el siguiente planteamiento: ¿Mi aconsejado se habrá sentido estimado y considerado, y Dios puede decir que Le he honrado?

Damos el debido respeto a una persona cuando usamos una adecuada comunicación verbal, tanto en la forma en que les hablamos a nuestros aconsejados, como en la manera en que nos expresamos de ellos. Esta base es definitiva para entablar una adecuada relación de respeto. Las Escrituras no aprueban palabras rudas, hirientes o denigrantes, aun cuando estemos manifestando una verdad que nos confiere la razón en cuanto a los cambios o ajustes que se esperan que los aconsejados lleven a cabo.

Así como se ha descrito la importancia de una adecuada comunicación verbal en cuanto a la relación de respeto, una correcta comunicación no verbal, define el grado de confianza y apertura del corazón por parte del orientado. La Escritura es clara respecto a este tipo de lenguaje, Levítico 19:32 “Ponte de pie en presencia de los mayores. Respeta a los ancianos. Teme a tu Dios. Yo soy el SEÑOR”. La comunicación silenciosa manifiesta a través de nuestras acciones gestuales y corporales, son muy importantes a la hora de hacer empatía con aquellos a quienes queremos ayudar.

Inclinarnos ligeramente hacia adelante y mirar al aconsejado de manera directa pero suave, le confirma que le estamos prestando toda nuestra atención, pero que es libre de escrutinio y juicio delante de nosotros. Una postura tranquila, indica: “Estoy aquí para oír cualquier cosa que quieras decir, te prometo que lo entenderé”. Vigilar un volumen y tono de voz que siempre denote comprensión y compasión, jamás enojo o irritación, recordemos siempre: “Cómo a un ser muy amado por Dios que queremos rescatar”.

Nunca minimicemos los problemas que presentan quienes quieren nuestra ayuda. Sus situaciones y circunstancias son muy serias para ellos, en un gran porcentaje, sienten que es asunto de vida o muerte. Cuando el orientador toma muy seriamente lo que le están diciendo, estará comunicando respeto y reconociendo la valía que Dios le ha dado al imprimir Su imagen y semejanza en esa persona que está acudiendo a nosotros.

El amor todo lo cree, debemos confiar en nuestros aconsejados. Mientras los hechos no demuestren lo contrario, debemos creer lo que nos están diciendo. Una presuntiva sospecha es una actitud mundana, la malicia no es divina; si somos fieles en la oración, el Espíritu Santo traerá a lugar aquello que el aconsejado tiene en su corazón y que pensó, no lo sacaría a la luz. Nuestra oración porque esto suceda es definitiva, ya que si confiesa, se liberará de la carga, entenderá las consecuencias por las que está atravesando y que él mismo se ha provocado, y sólo en este punto podrá asumir los cambios necesarios y las razones por las que debe hacerlos.

Creo que este es el punto central de la orientación cristiana y en el que se debe ser bastante enfático, “La esperanza tiene que ser bíblica”. No se debe subestimar el papel que juega la esperanza en el proceso de santificación. “La esperanza produce un gozo que permanece aún en medio de las pruebas más difíciles”. Sin embargo, la esperanza tiene que ser bíblica, la falsa esperanza se basa en ideas humanas que siempre hacen caer en la trampa de decirle al aconsejado lo que quiere oír, y no lo que necesita escuchar.

No podemos reafirmar las esperanzas de nadie que no haya nacido de nuevo, y si ya es un nacido de nuevo, Dios nunca ha prometido, ni promete que le dará cuánto desea, como tampoco dice que obtenerlo le hará más feliz. La falsa esperanza anima una negación de la realidad. Con frecuencia, lo que se desea no es precisamente lo más conveniente para el crecimiento espiritual, y el método de “nómbrelo y reclámelo” solo produce falsa esperanza, que más tarde o más temprano trae como compañera la desilusión.

Ya que la orientación bíblica es una extensión del discipulado, debemos enseñar a la gente a pensar bíblicamente. Mejor aún que citar una cantidad indefinida de versículos, se debe enseñar que la Palabra de Dios habla de manera específica acerca de sus problemas y situaciones y que es una fuente inagotable de esperanza. Al ampliar o corregir la percepción que tienen de Dios, infundimos verdadera esperanza que los guía a pagar el precio por los cambios a adoptar.

Una orientación cristiana correcta arrojará fructíferos resultados, tales como:

Ayudar a los aconsejados a aceptar la responsabilidad personal por su propio pecado; por la forma errónea y egoísta de afrontar sus conflictos; por la irresponsable complacencia de sus deseos y motivaciones; por culpar a las demás personas de sus problemas, sin entender que ellos mismos han llegado a ser sus propios y peores enemigos. Cuando son guiados a esta convicción de su responsabilidad, pueden asumir su propia realidad, incluso si ésta es de enfermedad, y concientizarse de su compromiso delante de Dios.

Conducir a los aconsejados a la verdad de que, “el cambio bíblico demanda una decisión personal”. La razón por la que las personas fracasan una y otra vez en su deseo de cambiar, aun cuando Dios ya ha provisto los medios para ello, con frecuencia radica, en que les resulta menos esforzado permanecer en un adormecido estado de fracaso. Un cambio en la conducta empieza siempre en el corazón, entonces la confesión y arrepentimiento abren el camino para llevar a cabo una liberadora sanidad interior e infundir la certeza del cambio.

Por último, definir un compromiso con los aconsejados, él debe saber exactamente lo que tiene que hacer. Los pasos a seguir deben ser claros y específicos; no se puede permitir ambigüedad, ni andarse por las ramas, se debe ser concreto. El consejero es responsable delante de Dios, por el alma que le ha sido traída para ser ministrada en consejería, así que para asegurarse que él ha entendido los pasos a seguir, se debe hacer una retroalimentación, ya sea verbal o escrita.

El compromiso debe incluir la determinación por parte del aconsejado de eliminar de manera radical toda cosa, lugar, situación o persona, que le haga recaer o sea obstáculo en su camino al cambio bíblico. Se le debe hacer saber que cuenta con nuestro apoyo moral y de oración, pues el cambio no es algo que ocurre de la noche a la mañana, debe ser advertido del alto costo de la inversión, pero también de los dividendos que cosechará al alcanzar su meta.

BIBLIOGRAFÍA

Jay E. Adams. (1981). Capacitado para orientar. Michigan: Portavoz.

Jay E. Adams. (1983). Manual del Consejero Cristiano. Nashville: Clie.

J. MacArthur & Wayne A. Mack. (1996). Consejería Bíblica. Nashville: Caribe.

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