Extender el Reino de Dios

El líder debe extender el reino de Dios localmente al tener un enfoque doméstico, ministrando a su comunidad. Debe buscar desarrollar una fuerte comunidad por medio de enseñar la Palabra, la oración y las relaciones. Ver más allá de los límites de su iglesia y su comunidad local y buscar extender el reino de Dios hasta los confines de la tierra.

El líder debe participar en las misiones mundiales, porque ignorar a las almas perdidas donde Cristo no ha sido nunca predicado es negar la misión de la Iglesia. Enseñar la importancia de apoyar las misiones mundiales mediante orar, dar e ir.

Los líderes deben enseñar no solo sobre la importancia de extender el evangelio a las naciones, sino también demostrar activamente su valor por medio de su estilo de vida, orar de modo público y regular por las misiones mundiales: por pueblos no alcanzados, por misioneros, por lugares globales de peligro y para que el Señor de la
cosecha… envíe obreros a su campo (Mt 9:37).
Debe dar de modo público y regular a las misiones mundiales; dando ofrendas además de su diezmo a proyectos y a misioneros que estén recogiendo la cosecha madura. Ir a las misiones mundiales, llevando con él equipos misioneros, mostrándoles cómo ministrar entre distintas culturas a la vez que responde a la petición del Señor: ¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros? [como hizo Isaías]: Aquí estoy. ¡Envíame a mí! (Is 6:8).

El pacto abrahámico

El Señor le dijo a Abram: Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que te
mostraré 2 Haré de ti una nación grande, y te bendeciré; haré famoso tu nombre, y serás una bendición
3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por medio de ti serán
bendecidas todas las familias de la tierra! (Gn 12:1-3).

Abram llamado a formar una nueva nación.
Este pasaje registra cómo Dios llamó a Abram a salir de un mundo pagano y le hizo sorprendentes promesas;
promesas que después serían parte del pacto abrahámico formal. El pasaje también destaca la fe de Abram, y
enseña que la fe obedece a Dios. Abran era de mediana edad, próspero, establecido y profundamente pagano. La
palabra del Señor vino a él —aunque no se sabe exactamente cómo— y él respondió por fe y obedientemente
dejó todo para seguir el plan de Dios. Por eso él es el epítome de la fe en la Biblia (cf. Ro 4:1-3, 16-24; Gá 3:6-
9; Heb 11:8-19; Stg 2:21-23). El punto del pasaje sin duda es el llamado de Abram a fundar una nueva nación.
Israel aprendería por esto que su existencia misma fue obra de Dios mediante un hombre que respondió por fe y
partió para Canaán. Sería un mensaje para convencer a Israel del llamado divino que afrontaba, y su necesidad
de fe para emprender viaje desde Egipto hasta Canaán.

Un llamado que requiere obediencia.
Los versículos 1-3 registran el llamado de Dios a Abram, y los versículos 4-9 registran la obediencia de
Abram. El llamado tenía dos imperativos, cada uno con subsiguientes promesas. El primero era salir (Deja tu
tierra… vete a la tierra, v. 1), y el segundo era ser una bendición. (El segundo imperativo, en el v. 2, se
expresa de modo impreciso en muchas versiones, incluyendo la NVI, como una predicción: serás una bendición.
Pero literalmente es: “Sé una bendición”). Su salida comenzó una cadena de reacciones. Si Abram salía de Ur,
Dios haría tres cosas por él, a fin de que él pudiera ser una bendición en la tierra (el segundo imperativo); y él
tenía que ser esa bendición a fin de que Dios hiciera otras tres cosas por él. Esta simetría no debiera pasarse por
alto, ya que refuerza el significado. El llamado de Abram tenía un propósito: su obediencia daría gran bendición.

Bendecido para ser bendición.
Tres promesas se basaban en el llamado de Dios a Abram de dejar su tierra: (a) una gran nación, (b) una
bendición para Abram, y (c) un gran nombre (v. 2). Esas promesas le permitirían “ser una bendición” (el
segundo imperativo, v. 2). Basadas en esa obediencia había tres promesas de Dios de: (a) bendecir a quienes lo
bendijesen, (b) maldecir a cualquiera que lo tratase a la ligera, y (c) bendecir a las familias de la tierra por
medio de él (v. 3). Bendecir o maldecir a Abram era bendecir o maldecir al Dios de Abram. Desgraciadamente,
Dios a menudo tuvo que usar a otras naciones para disciplinar a su pueblo porque, lejos de ser una bendición
para el mundo, normalmente ellos desobedecían. La tercera promesa tiene su gran cumplimiento en que
Jesucristo se convirtiera en el medio de bendición para el mundo (Gá 3:8, 16; Ro 9:5).

La fe fue la clave.
La idea de la fe se destaca en estos pasajes. A Abram se le dijo que dejase varias cosas: su “país”, su pueblo y la
casa de su padre (Gn 12:1); pero no se le dijo nada acerca de la tierra a la que debía ir. Su partida requería un
acto de fe sin precedentes. Los temas de la bendición y la maldición se resaltan aquí. De hecho, este es el pasaje
central del libro de Génesis. Aquí comienza el programa que se necesitaba tan desesperadamente en los
capítulos 1.11 (el propósito de mostrar que era necesaria esta bendición). Ese era el llamado; Abram respondió a
él por fe. Las subsiguientes promesas se formularon después, bajo las condiciones del pacto (15:8-21).

 

Extraído del libro El fundamento del líder, pág. 70 parte del currículo del programa de Liderazgo Espiritual.

Para más información entra a: www.lider.education

 

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