Fundamentos teológicos de la predicación

Fundamentos teológicos de la predicación

 

Notas del libro: La predicación. Puente entre dos mundos de John Stott.

 

Janina Barrios

 

Para Stott el secreto esencial de la predicación no es dominar ciertas técnicas sino estar dominado por ciertas convicciones. En otras palabras, la teología es más importante que la metodología.

La técnica solo puede hacernos oradores; si queremos ser predicadores, teología es lo que necesitamos.

La verdadera predicación cristiana es extremadamente infrecuente en la Iglesia de hoy. La razón más importante es una falta de convicción acerca de su importancia. Hay una necesidad de predicación bíblica cuidadosa, para la gloria de Dios y el bien de la Iglesia.

Stott expone cinco argumentos teológicos que subyacen en la práctica de la predicación y la sustentan:

 

La convicción acerca de Dios:

Detrás del concepto y el acto de predicar yace una doctrina de Dios, una convicción acerca de su ser. La clase de Dios en que creemos determina la clase de sermón que predicamos. Un cristiano debe ser al menos un teólogo aficionado antes de aspirar a predicar.

Debemos estar seguros de que Dios es luz: “Este es el mensaje que hemos oído de él y que les anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad” (1 Juan 1:5). Todo predicador necesita el gran aliento que trae esta seguridad. En las Iglesias hay personas en una gran variedad de estados: algunos enemistados con Dios, otros perplejos, incluso pasmados por los misterios de la existencia humana. Al hablarles, necesitamos estar seguros de que Dios es luz y de que quiere hacer brillar su luz en la oscuridad de ellos (2 Co. 4:4-6).

 

La convicción acerca de las Escrituras:

1. La Palabra de Dios escrita

Nuestra doctrina nos conduce inevitablemente a nuestra doctrina de las Escrituras. En primer lugar, las Escrituras son la Palabra de Dios escrita. Cuando Dios hablaba, el método normal no era clamar en voz alta desde el cielo. La inspiración no es un dictado. Dios puso sus palabras en las mentes y labios humanos de tal modo que las ideas concebidas y sus palabras fueron al mismo tiempo completamente de ellos y completamente suyas.

Debemos ser cuidadosos al afirmar la doble paternidad literaria de la Biblia. La Biblia es la Palabra de Dios escrita, la Palabra de Dios enunciada por medio de las palabras de los hombres, de boca de humanos y de puño y letra humanos. Dios proveyó un registro fidedigno para que ellas fueran escritas y preservadas.

Después de 2000 años de su obra y Palabra, Jesucristo está a nuestro alcance, pero este acceso es sólo mediante la Biblia, ya que en sus páginas el Espíritu Santo da vida a su propio testimonio de Cristo. Aquí comienza a emerger nuestra responsabilidad como predicadores: traspasar fielmente al siglo actual el único testimonio fidedigno que existe, el testimonio que el propio Dios da de Jesús mediante los testigos oculares apostólicos del siglo primero. La Biblia es única. Es la Palabra de Dios escrita.

Actos de salvación y la Palabra

Es necesario que en nuestra predicación mantengamos unidos los actos de salvación y las palabras escritas de Dios. Hay muchos predicadores que les fascina hablar de la “obra poderosa de Dios” pero lo que dicen tiende a ser su propia interpretación de ella, en lugar de lo que Dios mismo dijo acerca de ellas en las Escrituras. Otros predicadores son completamente fidedignos en la exposición de la Palabra de Dios, pero son académicos y aburridos porque han olvidado que el centro de la Biblia no es lo que Dios ha dicho, sino lo que ha hecho para nuestra salvación mediante Cristo Jesús. Los primeros intentan ser heraldos de Dios proclamando las buenas nuevas de salvación, pero fallan en su administración de la revelación. Los segundos tratan de ser servidores de Dios guardando su Palabra, pero han perdido el entusiasmo propio de la tarea del heraldo.

El verdadero predicador es tanto un servidor fiel, encargado de administrar los misterios de Dios, como un heraldo ferviente de sus buenas obras.

2. La Palabra de Dios es contemporánea

Nuestra segunda convicción acerca de las Escrituras es que Dios sigue hablando mediante lo que ya ha dicho. La Palabra de Dios es contemporánea, avanza con los tiempos y continúa dirigiéndose a cada generación. Habla por medio de lo que ya dijo.

3. La Palabra de Dios es poderosa

La tercera convicción necesaria para un predicador es que la Palabra de Dios es poderosa. Dios habla y actúa (Is. 55:11) Debemos estar seguros de esto porque en nuestros días hay un desencanto generalizado hacia todas las palabras. La iglesia tiene un gran historial por sus palabras que por sus hechos. La iglesia predica pero no aplica. De Jesús se escribe que “anduvo haciendo el bien” y que “recorría… enseñando…sanando…” (Hch. 10:38; Mat. 4:23; 9:35). En su ministerio combinó palabras y hechos. El evangelio de Cristo es poder de Dios para salvación de todo creyente porque a Dios le place salvar a quienes creen mediante el mensaje proclamado.

La predicación tiene un único objetivo, y es que Cristo pueda venir a aquellos que se han reunido para escuchar. La palabra del predicador es un ataque a la prisión en que se mantiene el hombre, ella abre la prisión y lo libera.

 

Convicción acerca de la iglesia

La iglesia depende de la palabra de Dios. Dios no solo la hizo nacer por su Palabra, sino que la mantiene y sustenta, dirige y santifica, reforma y renueva mediante la Palabra misma. La Palabra de Dios es el centro mediante el cual Cristo gobierna la iglesia y el alimento con que la nutre. El pueblo de Dios vive y florece sólo al creer y obedecer su Palabra. Siempre que la Biblia es expuesta en forma verdadera y sistemática, Dios la utiliza para darle a su pueblo la visión sin la cual perecen.

La historia proporciona amplia evidencia de la relación indestructible entre la Iglesia y la Palabra, entre el estado de la comunidad cristiana y la calidad de su predicación. Como dice el Dr. D.M. Lloyd-Jones: “¿No es cierto que al observar la historia general de la iglesia, nos damos cuenta que los periodos y eras decadentes de su historia siempre fueron aquellos en que la predicación declinó? Y prosigue: “¿Qué es lo que siempre anuncia el nacimiento de una reforma o un avivamiento? Es la predicación renovada.

El bajo nivel de la vida cristiana se debe, más que cualquier otra cosa, al bajo nivel de predicación cristiana. La banca es un reflejo del púlpito. Por ello, si la iglesia ha de florecer de nuevo no hay mayor necesidad que recobrar la predicación bíblica, poderosa y llena de fe.

 

Convicción acerca de la labor pastoral

El prestigio social del que disfrutó el clero en los países  de Occidente ha disminuido considerablemente. Algunos que podría haberse interesado por la ordenación descubren que pueden servir igualmente en la llamada “ciudad secular”, por ello, algunos se preguntan si sigue siendo necesario un ministerio profesional. Con esta situación, se hace urgente reafirmar la enseñanza del Nuevo Testamento de que Jesús aun brinda supervisores a su Iglesia y buscan que sean un rango permanente de su estructura. Se dice, y es verdad, que si alguno desea ser obispo, a noble función aspira (1 Ti.3:1) Para estos obispos la designación neotestamentaria es “pastor”, con sus características de conocimiento íntimo, sacrificio, liderazgo, protección y cuidado. Sigue siendo un modelo permanente para todos los pastores.

El ministerio pastoral es un ministerio de la Palabra, puesto que la principal responsabilidad del pastor que “apacienta” sus ovejas es “alimentarlas”. En contraste, nada puede ser más dañino para la Iglesia que los predicadores poco fieles a la Palabra.

El cuidado que el buen pastor tiene de sus ovejas consta de cuatro aspectos: nutrición, guía, protección y sanidad. Estas cuatro actividades son aspectos del ministerio de la Palabra.

 

Convicción acerca de la predicación

El argumento de Stott es que toda predicación cristiana verdadera tiene carácter expositivo. Exponer las escrituras es extraer lo que se encuentra en el texto y dejarlo a la vista. El predicador expone por fuerza lo que parece estar oculto, da claridad a lo que parece confuso, deshace los nudos y desarma lo que parece un paquete difícil. Lo opuesto a la exposición es la imposición, es decir, imponer sobre el texto algo que éste no incluye. Nuestra responsabilidad como expositores es hacer que se exponga de tal modo que se transmita su mensaje, clara, simple y exactamente en forma pertinente, sin adiciones, sustracciones o falsificación.

El gran primer requisito de los expositores es reconocer que somos guardianes de un “depósito” sagrado de verdad, depositarios del evangelio, encargados de administrar los misterios de Dios por eso, la exposición fija límites para nosotros, el Todopoderoso le ha impuesto límites que no debe traspasar. No tiene la libertad de inventar o escoger su mensaje: le ha sido encargado, y debe declararlo, exponerlo y encomendarlo a sus oyentes.

Los autores bíblicos eran hombres honestos, no impostores y su intención era que sus escritos fueran comprensibles, no de “infinitas interpretaciones”.

 

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