La disciplina del servicio

Escoger servir versus escoger ser un siervo.

Una vacilación natural y comprensible acompaña a cualquier discusión seria sobre el servicio. Tal vacilación es prudente, ya que es sabio calcular el coste antes de zambullirse de cabeza en cualquier disciplina. Experimentamos un temor similar a esto: “Si hago eso, la gente se aprovechará de mí; me pisotearán”.

     Justo aquí debemos ver la diferencia entre escoger servir y escoger ser un siervo. Cuando escogemos servir, seguimos estando a cargo; decidimos a quién serviremos y cuándo serviremos. Y si nosotros estamos a cargo, nos preocuparemos mucho acerca de que cualquiera pueda pisarnos, es decir, que se haga cargo por encima de nosotros.

     Pero cuando escogemos ser un siervo, cedemos al derecho de estar a cargo. Hay una gran libertad en esto. Si voluntariamente escogemos que se aprovechen de nosotros, entonces no pueden manipularnos. Cuando escogemos ser un siervo, rendimos el derecho a decidir a quién y cuándo serviremos. Nos hacemos disponibles y vulnerables.

La perspectiva de un esclavo.

 Considere la perspectiva de un esclavo. Un esclavo ve toda la vida desde el punto de vista de la esclavitud; no se ve a sí mismo poseyendo los mismos derechos que los hombres y mujeres libres. Por favor, entiéndame; cuando esa esclavitud es involuntaria, es cruel y deshumanizante. (Una buena parte de mi estudio doctoral fue sobre la esclavitud en Norteamérica. Soy muy consciente de la naturaleza demoníaca de la servidumbre involuntaria). Sin embargo, cuando la esclavitud se escoge libremente, todo cambia. La servidumbre voluntaria es un gran gozo.

     Las imágenes de la esclavitud puede que sean difíciles para nosotros, pero no fueron difíciles para el apóstol Pablo. Él frecuentemente se jactaba de su esclavitud a Cristo, usando profusamente el concepto del siglo I de “esclavo por amor” (es decir, el esclavo que por amor escoge seguir siendo esclavo). Hacemos todo lo posible por suavizar el lenguaje de Pablo traduciendo la palabra “esclavo” como “siervo”; pero cualesquiera que sean las palabras que decidamos usar, asegurémonos de comprender que Pablo quería decir que había cedido libremente a sus derechos.

     Por tanto, el temor de que se aprovechen de nosotros y nos pisoteen está justificado. Eso es exactamente lo que puede que suceda; ¿pero quién puede herir a alguien que libremente ha escogido que le pisen? Thomas à Kempis nos dice que estemos “tan sujetos… que todos los hombres puedan pasar por encima de nosotros y pisarnos como hacen con el lodo de la calle”.

El gozo de servir

En Las pequeñas flores de San Francisco, una encantadora historia, hablé de cómo Francisco enseñó al hermano Leo el significado del perfecto gozo. Cuando los dos caminaban bajo la lluvia y el intenso frío, Francisco le recordó a Leo todas las cosas que el mundo —incluyendo al mundo religioso— creía que traerían gozo, añadiendo cada vez: “El gozo perfecto no está en eso”. Finalmente, exasperado, el hermano Leo le dijo: “Le ruego en nombre de Dios que me diga dónde está el gozo perfecto”, y entonces Francisco comenzó a enumerar las cosas más humillantes y autodegradantes que pudo imaginar, añadiendo cada vez: “Oh, hermano Leo, escriba que el gozo perfecto está ahí”.
Para explicar y concluir el tema, le dijo al hermano Leo: “Sobre todas las virtudes y dones del Espíritu Santo que Cristo da a sus amigos está la de conquistarse a uno mismo y soportar voluntariamente sufrimientos, insultos, humillaciones y dificultades por amor a Cristo”.

 

 

 

 

 

 

Extraído del libro El fundamento del líder, pág. 70 parte del currículo del programa de Liderazgo Espiritual.

Para más información entra a: www.lider.education

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