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Cuando el suelo tiembla la fe permanece

Hay momentos en el ministerio en que la estabilidad se convierte en una ilusión. Todo aquello que parecía firme comienza a ceder: relaciones, proyectos, recursos, incluso la propia claridad del llamado. No se trata únicamente de circunstancias externas, sino de un temblor interior que confronta la fe en su nivel más profundo. Es allí donde se revela si la fe ha sido construida sobre emociones pasajeras o sobre la roca inmutable que es Dios.

La crisis como escenario formativo

El ministerio no está diseñado para transitar en línea recta. La Escritura presenta un patrón constante: Dios forma a sus siervos en medio de procesos que desestabilizan su seguridad humana. No es casualidad que las figuras más influyentes del relato bíblico atravesaron momentos de profunda fragilidad.

El apóstol Pablo lo describe con crudeza: “Que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8-9, RV1960). Este texto no suaviza la realidad; la nombra con precisión. Hay presión, confusión y caídas. Sin embargo, ninguna de estas experiencias tiene la última palabra.

La crisis, entonces, no invalida el ministerio; lo depura. Obliga a distinguir entre lo accesorio y lo esencial, entre lo que depende de nuestras fuerzas y lo que descansa en la fidelidad de Dios.

El silencio que confronta y sostiene

Uno de los aspectos más desafiantes en tiempos de crisis es el aparente silencio de Dios. El líder ora, clama, busca dirección, pero las respuestas no llegan con la inmediatez esperada. Este silencio no es ausencia, sino un espacio donde la fe madura.

El salmista lo expresa con una quietud intencional: “En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación” (Salmos 62:1, RV1960). Este “acallar” no implica pasividad, sino una decisión consciente de reposar en Dios aun cuando las circunstancias no han cambiado.

En el contexto ministerial, este tipo de fe resulta contracultural. Se espera acción constante, respuestas rápidas y soluciones visibles. Sin embargo, hay batallas que se libran en el silencio, donde el alma aprende a depender de Dios más allá de los resultados inmediatos.

Dios atiende la fragilidad humana

El relato de Elías en el desierto ofrece una perspectiva profundamente pastoral del trato de Dios hacia sus siervos. Después de una victoria espiritual significativa, el profeta cae en agotamiento extremo. Su respuesta no es heroica, es humana: desea morir.

La intervención divina es reveladora: “Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 Reyes 19:7, RV1960). Antes de corregir, Dios cuida. Antes de hablar, restaura. Esto redefine la manera en que se entiende la espiritualidad en el ministerio.

No todo se resuelve con más esfuerzo o más disciplina. Hay momentos en que la respuesta divina es descanso, alimento y acompañamiento. Ignorar esta dimensión conduce a un desgaste progresivo que termina afectando tanto al líder como a la comunidad que sirve.

La fe que se sostiene en medio del movimiento

La fe bíblica no se evidencia en la ausencia de dificultades, sino en la capacidad de permanecer firmes cuando todo se mueve. Jesús lo enseñó de manera contundente: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mateo 7:24, RV1960).

El contraste no está en la tormenta (porque esta llega a todos) sino en el fundamento. El problema no es que el suelo tiemble; el problema es dónde está puesta la confianza.

En el ministerio, es fácil edificar sobre resultados, reconocimiento o estabilidad institucional. Pero cuando estos elementos fallan, solo permanece aquello que ha sido cimentado en la relación con Dios.

 

Servir desde la propia debilidad

Uno de los desafíos más complejos es continuar ministrando mientras se atraviesa un proceso personal de quebranto. Existe una presión implícita de proyectar fortaleza constante, pero esa expectativa no siempre es coherente con la realidad bíblica.

Pablo ofrece una perspectiva radical: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9, RV1960). La debilidad no es un obstáculo para la obra de Dios; es el contexto donde su poder se manifiesta con mayor claridad.

Esto no legitima la negligencia ni la falta de cuidado personal, pero sí libera al líder de la carga de aparentar una fortaleza que no siempre posee. La autenticidad, cuando está anclada en la gracia, se convierte en un instrumento poderoso de ministración.

Una fe que se practica diariamente

La estabilidad espiritual no se construye en medio de la crisis, sino mucho antes. Es en la cotidianidad donde la fe se forma: en la oración constante, en la disciplina de la Palabra, en la obediencia silenciosa.

Jesús lo expresó como una invitación abierta: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28, RV1960). Este descanso no siempre implica la eliminación de las cargas, sino la certeza de no llevarlas solos.

Cuando el suelo tiembla, la fe no evita el movimiento, pero impide la caída definitiva. No porque el creyente sea fuerte, sino porque Aquel en quien ha confiado es inmutable.

Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos

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