Hay una diferencia que se nota en el púlpito, en el aula y en la vida ministerial: la diferencia entre quien sabe mucho de la Biblia y quien ha sido transformado por ella. No son categorías excluyentes, pero tampoco son automáticamente la misma cosa. El crecimiento técnico del conocimiento bíblico no garantiza el crecimiento espiritual del intérprete.
Y esa tensión (que muchos sabemos pero pocas veces verbalizamos) tiene raíces muy antiguas. Daniel 12:4 la anticipa con una precisión sorprendente, y la distinción que el hebreo bíblico establece entre mada y yada ofrece una clave hermenéutica que sigue siendo urgente en el siglo XXI.
¿Qué es mada y qué es yada?
En el hebreo bíblico, mada (מדע) designa el conocimiento técnico, acumulativo, medible. Es el saber que se puede catalogar, verificar y transmitir en una clase. Yada (ידע), en cambio, es el conocimiento relacional, el que implica encuentro, reconocimiento mutuo, transformación. No es coincidencia que el mismo verbo yada se use en el Antiguo Testamento para describir la intimidad entre personas y también para describir la relación del pueblo con Dios.
Daniel 12:4 anticipa que el mada se multiplicaría en los últimos tiempos. Y vaya que se multiplicó. Nunca antes en la historia habíamos tenido acceso a tantos comentarios bíblicos, tantas herramientas de análisis lingüístico, tantas bases de datos de manuscritos. Un estudiante de primer año de teología hoy tiene en su celular recursos que Calvino no habría imaginado en toda su vida.
Pero el acceso a herramientas no es lo mismo que el acceso al Dios que habla a través del texto. Esa es la tensión que define la crisis hermenéutica de nuestro tiempo: no una crisis de información, sino una crisis de discernimiento.
La trampa del espíritu sin método
El enfoque alegórico, que tiene sus raíces en Filón de Alejandría y alcanza su expresión más elaborada en Orígenes, parte de una convicción genuina: la Escritura contiene profundidades que el sentido literal no agota. Eso es verdad. El problema es la solución que propone: si el sentido literal es insuficiente, entonces el intérprete iluminado puede ir más allá de él, descubriendo significados espirituales que el texto «realmente» esconde detrás de su superficie histórica.
Lo que produce esa operación es, con frecuencia, lecturas extraordinariamente bellas. El tabernáculo del Éxodo como mapa del alma humana. El Cantar de los Cantares como alegoría del amor de Cristo por la Iglesia. El éxodo como símbolo del viaje espiritual hacia Dios. Hay en esas lecturas una riqueza devocional real. El problema es que esa riqueza no está controlada por nada externo al intérprete mismo. Si el texto puede decir lo que el intérprete espiritualmente percibe que dice, entonces el texto ya no habla: habla el intérprete, y el texto es solo el espejo donde proyecta sus propias intuiciones.
El enfoque alegórico produce abundante yada subjetivo, pero carece del mada gramatical e histórico que ancla la interpretación en lo que el texto realmente dice. Es yada sin mada. Espiritualidad sin exégesis. Y la espiritualidad sin exégesis, por elevada que parezca, termina hablando más del intérprete que de Dios.
La trampa del método sin espíritu
El enfoque histórico-crítico surgió como el antídoto al subjetivismo alegórico, y en muchos sentidos lo fue. Aplicar a la Biblia los mismos instrumentos racionales que se aplican a cualquier otro documento antiguo produjo descubrimientos que enriquecieron profundamente la comprensión del mundo bíblico: los textos de Qumrán, las tablillas de Ugarit, la arqueología del Antiguo Cercano Oriente. Nadie que sea honesto puede desestimar esas contribuciones.
Pero el método histórico-crítico, en sus expresiones más radicales, cometió un error de categoría. Tomó las herramientas legítimas del análisis histórico y las convirtió en el árbitro final de la autoridad bíblica. La hipótesis documentaria de Wellhausen diseccionó el Pentateuco en fragmentos que, en la práctica, erosionaron la confianza en la coherencia del texto. Rudolf Bultmann propuso «desmitologizar» el Nuevo Testamento para hacerlo comunicable a la modernidad, eliminando en el proceso precisamente aquello que lo hacía revelación y no filosofía.
El resultado fue mada sin yada: erudición sin fe, análisis sin adoración, conocimiento técnico del texto sin disposición a ser interpelado por él. «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16, RV1960). Un método que trata esa Escritura como cualquier otro producto humano no puede, por definición, escuchar lo que ella dice. La pregunta que ningún método histórico-crítico puede responder por sí solo es también la más importante: ¿qué me dice Dios a través de este texto? Esa pregunta exige algo más que análisis.
El camino de la integración
El enfoque histórico-gramatical no es una posición intermedia entre los dos anteriores, como si el eclecticismo fuera virtud en sí mismo. Es una postura epistemológica distinta: parte del reconocimiento de que la Biblia es al mismo tiempo un texto humano y una Palabra divina, y que esa doble naturaleza exige tanto el rigor del mada como la receptividad del yada.
Sus raíces están en la escuela de Antioquía, que en contraste con el alegorismo alejandrino insistió en el sentido literal e histórico del texto. Sus expresiones más influyentes en el protestantismo incluyen a los reformadores, quienes reivindicaron el principio Scriptura sui ipsius interpres: la Escritura se interpreta a sí misma. «Porque: Mandamiento tras mandamiento, mandamiento tras mandamiento, renglón tras renglón, renglón tras renglón, un poco allí, otro poco allá» (Isaías 28:10, RV1960). La Biblia tiene su propia lógica interna, su propia coherencia canónica, y esa lógica es el marco primario de interpretación de cada texto.
Lo que el método histórico-gramatical exige es formación. No cualquiera puede leer hebreo, arameo y griego con soltura, ni tiene acceso a los grandes léxicos académicos. Esa es una limitación práctica real, y no debe minimizarse. Pero es una limitación de condiciones, no de método. El método mismo es sólido porque ancla la interpretación en lo que el texto dice en su contexto original, ofrece criterios verificables de exégesis y preserva la coherencia de la revelación progresiva: el Antiguo Testamento leído a la luz del Nuevo, sin reducir ninguno de los dos. «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza» (Romanos 15:4, RV1960).
Para la predicación, esta integración produce algo que ningún otro enfoque puede garantizar: la autoridad del texto mismo, no la del predicador. Cuando una congregación escucha «esto es lo que el texto dice en su contexto original», se le está devolviendo la Palabra, no una interpretación sobre la Palabra. Ese gesto hermenéutico es, en sí mismo, formación discipular.
Intérpretes que no sólo saben, sino que encuentran
La crisis hermenéutica del siglo XXI no se resolverá con más herramientas. Ya las tenemos, y en abundancia. Se resolverá cuando los intérpretes decidan que el fin del método es el encuentro, y que el encuentro transforma. «Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15, RV1960).
Ese versículo describe una vocación que va más allá del estudio: la de un obrero que no tiene de qué avergonzarse porque lo que predica no es su propia sabiduría, sino la Palabra que estudió con fidelidad y recibió con humildad. El mada es el camino. El yada es el destino. Y el intérprete fiel es aquel que no confunde los dos, pero tampoco sacrifica uno por el otro.
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Salmos 119:105, RV1960). Esa imagen no describe solo iluminación intelectual. Describe orientación vital. El texto que se estudia con rigor y se recibe con el corazón abierto no solo informa: dirige. Y un intérprete que ha sido dirigido por la Palabra tiene algo que ningún método puede fabricar: tiene autoridad de testigo, no solo de técnico.
Basado en el trabajo académico del Ps. Edgardo Herrera
Adaptación para blog por
María del Pilar Salazar
Decana Académica Universidad Logos
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