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Terremotos en la Biblia y el estremecimiento de los últimos tiempos

El 10 de agosto de 2026, cuando apenas comenzaba la mañana en Colombia, muchas personas fuimos sorprendidas por un fuerte movimiento telúrico. Eran aproximadamente las 7:30 de la mañana. En mi caso, lo que más me impactó fue su duración y esa sensación de percibir cómo la tierra se desplazaba bajo nuestros pies. En esos momentos pasan muchas cosas por delante de los ojos: los rostros de quienes están cerca, los objetos que se mueven, la preocupación por la familia y, sobre todo, la conciencia repentina de nuestra fragilidad.

El Servicio Geológico Colombiano informó que el sismo ocurrió a las 7:34 a. m., tuvo una magnitud de 7,4 y una profundidad de 103 kilómetros, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. Este movimiento ocurrió después de otros terremotos importantes que habían llamado la atención en nuestra región, entre ellos los registrados en Venezuela el 24 de junio. Durante estos meses también se han producido movimientos sísmicos de gran magnitud en diferentes lugares del mundo. La tecnología actual permite detectarlos, localizarlos y registrarlos prácticamente en tiempo real. No significa necesariamente que estemos ante una actividad sísmica extraordinaria; significa también que hoy podemos observarla con una precisión que generaciones anteriores no tuvieron.

Sin embargo, después de sentir un terremoto, las noticias dejan de ser solamente cifras. Se comprende de otra manera lo que significa sentir que aquello que consideramos firme puede estremecerse. Y precisamente allí surge una pregunta que la Biblia permite abordar desde una perspectiva mucho más profunda: ¿qué significado tienen los terremotos dentro de la revelación bíblica?

Cuando la tierra tiembla ante la presencia de Dios

En la Escritura, los terremotos aparecen en diferentes contextos. Algunos acompañan manifestaciones extraordinarias de la presencia divina; otros aparecen en momentos decisivos de la historia de la redención y varios forman parte del lenguaje profético relacionado con el juicio y los últimos tiempos.

El punto de partida es que la tierra pertenece a Dios. El salmista declara: “De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan” (Salmo 24:1, RV1960). Esta afirmación establece el marco desde el cual la Biblia contempla la creación: no como una realidad autónoma, sino bajo el gobierno de su Creador.

En el Sinaí, la manifestación de Dios estuvo acompañada por un estremecimiento extraordinario: “Y todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera” (Éxodo 19:18, RV1960). Israel se encontraba ante el Dios que establecía su pacto y entregaba su ley. El temblor de la montaña forma parte de una escena que comunica su majestad, santidad y autoridad.

El salmista vuelve sobre aquella experiencia: “La tierra tembló; también se estremecieron los cielos a la presencia de Dios; aquel Sinaí tembló delante de Dios, del Dios de Israel” (Salmo 68:8, RV1960). La imagen es poderosa, pero requiere cuidado: la Biblia no enseña que todo terremoto sea una manifestación directa de Dios. Su significado depende del contexto en el que aparece.

El terremoto en los momentos centrales de Cristo

Dos terremotos del Evangelio adquieren particular importancia porque acompañan acontecimientos centrales de la obra de Cristo. Después de su muerte, Mateo escribe: “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron” (Mateo 27:51, RV1960). El terremoto aparece junto al rasgamiento del velo y la ruptura de las rocas, subrayando la magnitud de lo que acaba de suceder.

En la resurrección encontramos nuevamente esta imagen: “Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella” (Mateo 28:2, RV1960). Aquí el terremoto acompaña el anuncio de la victoria de Cristo sobre la muerte.

La conexión con la escatología es significativa. La resurrección inaugura una esperanza que todavía espera su consumación plena. El reino de Dios ya ha sido inaugurado en Cristo, pero su manifestación definitiva pertenece al futuro (Ladd, 2002). Por eso, la esperanza cristiana no depende de interpretar cada desastre natural, sino de un acontecimiento histórico y definitivo: Cristo murió y resucitó.

Jesús habló de terremotos

En Mateo 24, Jesús incluye los terremotos dentro de los acontecimientos que caracterizarían el período previo a la consumación: “Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:7, RV1960). Inmediatamente añade: “Y todo esto será principio de dolores” (Mateo 24:8, RV1960).

La expresión “principio de dolores” es fundamental. Jesús no está entregando un mecanismo para calcular la fecha de su regreso, sino describiendo un período de sufrimiento y tensión que precedería a la consumación. Los terremotos forman parte de ese escenario, pero no permiten por sí mismos determinar cuándo llegará el fin.

Esto resulta especialmente relevante en nuestro tiempo. La información circula en segundos y un terremoto ocurrido en cualquier lugar del mundo puede aparecer inmediatamente en nuestros teléfonos. Esa capacidad tecnológica puede producir la sensación de estar viendo una sucesión extraordinaria de señales, cuando también estamos ante una humanidad que posee una capacidad de observación sísmica que nunca antes tuvo.

La tecnología puede registrar mejor los terremotos. No puede convertirlos en un calendario profético.

El estremecimiento de la tierra en Apocalipsis

Apocalipsis presenta terremotos dentro de escenas de juicio y de culminación de la historia. Después de la apertura del sexto sello, Juan escribe: “Y miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre” (Apocalipsis 6:12, RV1960).

Más adelante, en otra escena de juicio, se afirma: “Entonces hubo relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apocalipsis 16:18, RV1960).

Estos pasajes pertenecen al lenguaje apocalíptico y presentan la creación estremecida ante acontecimientos decisivos. Pero el centro del mensaje no es el terremoto aislado, sino la consumación del gobierno de Dios. Apocalipsis proclama: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15, RV1960).

La tierra tiembla, pero Dios sigue llevando la historia hacia su propósito.

Vivimos en los últimos tiempos

Desde el Nuevo Testamento, los últimos tiempos no comenzaron con los acontecimientos de nuestros días. La venida de Cristo inauguró la etapa final de la historia de la redención. Hebreos afirma que Dios “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo” (Hebreos 1:2, RV1960).

La iglesia vive entre lo que Cristo ya inauguró y aquello que todavía espera. Dentro de determinadas interpretaciones escatológicas, la profecía de las setenta semanas de Daniel contempla una última semana aún pendiente de cumplimiento. Pero incluso desde esta perspectiva, no podemos convertir los terremotos contemporáneos en un mecanismo para establecer fechas.

Jesús estableció el límite con claridad: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre” (Mateo 24:36, RV1960).

Y hay una razón para esa espera. Pedro explica: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9, RV1960). La demora aparente no significa ausencia de propósito; revela también la paciencia de Dios.

Por eso, vivir en los últimos tiempos no debería llevarnos a la obsesión por identificar fechas, sino a la fidelidad mientras esperamos.

Existe una frase tradicionalmente atribuida a Martín Lutero: “Si supiera que mañana se acaba el mundo, hoy plantaría un árbol”. Aunque no existe evidencia histórica suficiente para atribuírsela con certeza, la idea expresa bien una actitud cristiana equilibrada: esperar el regreso de Cristo no significa dejar de vivir, trabajar, servir, enseñar y amar. Significa hacerlo mientras esperamos.

Una tierra que tiembla y una esperanza que permanece

La experiencia de un terremoto nos recuerda nuestra fragilidad de una manera que ningún dato estadístico puede producir. Durante esos segundos pensamos en quienes amamos, en nuestra familia, en quienes están lejos y en lo que podría suceder. Después llegan las preguntas.

La Biblia permite llevar esas preguntas a un lugar más profundo. Los terremotos aparecen en las Escrituras vinculados con la presencia de Dios, acontecimientos de la redención, escenas de juicio y momentos relacionados con la consumación de la historia. Pero nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad para interpretar cada movimiento de la tierra.

Descansa en Cristo.

Pedro escribe: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3:13, RV1960). Y Apocalipsis recoge una de las promesas más grandes de toda la Escritura: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5, RV1960).

La tierra puede estremecerse. Nuestra vida puede cambiar en segundos. La fe cristiana no niega esa fragilidad, pero tampoco permite que ella tenga la última palabra. El Dios que gobierna la historia ha prometido llevarla hacia su consumación.

 

Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos

Instagram: Lecciones de Biblia y Ciencia

 

Bibliografía

Ladd, G. E. (2002). Teología del Nuevo Testamento. Editorial Clie.

Servicio Geológico Colombiano. (2026, 10 de agosto). Información sobre el sismo ocurrido en San José del Palmar, Chocó.

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