Cada 21 de septiembre, el mundo conmemora el Día Internacional de la Paz. La fecha invita a pensar en la necesidad de detener la violencia, promover la convivencia y buscar caminos de reconciliación entre personas y naciones. Sin embargo, la palabra paz puede significar cosas muy diferentes. Para algunos, significa ausencia de guerra; para otros, estabilidad política, seguridad económica o tranquilidad familiar. La Biblia presenta una visión mucho más profunda. La paz que Dios promete no consiste simplemente en que desaparezcan los conflictos externos, sino en una restauración que alcanza la relación con Dios, con los demás, con nosotros mismos y, finalmente, con toda la creación. Por eso, las palabras de Jesús adquieren una profundidad especial: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27, RV1960).
Una palabra que significa mucho más que tranquilidad
En el Antiguo Testamento, uno de los términos fundamentales para comprender la paz es shalom. Su significado es mucho más amplio que la simple ausencia de conflicto. Está relacionado con bienestar, integridad, plenitud, seguridad y relaciones restauradas. No describe únicamente una sensación interior, sino una condición de vida en la que aquello que está quebrantado puede ser llevado nuevamente hacia la integridad.
Esta perspectiva resulta fundamental porque vivimos en una sociedad que con frecuencia confunde paz con comodidad. Si no hay problemas visibles, pensamos que estamos en paz. Si las circunstancias familiares permanecen estables, si tenemos seguridad económica o si nuestra vida transcurre sin grandes sobresaltos, podemos sentir que todo está bien. Pero la experiencia humana demuestra que una persona puede tener circunstancias tranquilas y, al mismo tiempo, vivir profundamente inquieta por dentro.
La Biblia presenta otra posibilidad. Isaías afirma: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3, RV1960). La paz aquí no depende de que todas las circunstancias hayan sido resueltas. Está relacionada con una confianza cuyo centro se encuentra en Dios.
Por eso, la paz bíblica no es simplemente una emoción agradable. Tiene un fundamento teológico.
La paz nace de una relación restaurada con Dios
Para comprender el concepto bíblico de shalom, es necesario situarlo dentro de la historia del pacto. Desde el comienzo, Dios establece una relación con su pueblo y promete acompañarlo, bendecirlo y conducirlo. La paz forma parte de esa relación. No aparece como un beneficio aislado, sino como una expresión de la comunión que Dios desea establecer con aquellos que le pertenecen.
La bendición sacerdotal de Números concluye con una petición profundamente significativa: “Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz” (Números 6:26, RV1960). La paz aparece vinculada al rostro de Dios vuelto hacia su pueblo. No se trata solamente de recibir algo de Dios, sino de vivir bajo la realidad de su presencia y favor.
Esta comprensión también permite evitar una interpretación individualista de la paz. En la mentalidad bíblica, la persona no existe aislada. Su bienestar está relacionado con Dios, con la comunidad y con la forma en que vive dentro del pacto. El shalom implica una vida ordenada conforme a la voluntad divina y relaciones que reflejan justicia, fidelidad y misericordia.
Walter Brueggemann ha señalado que el concepto de shalom en el Antiguo Testamento está estrechamente relacionado con la visión de una vida plena y comunitaria bajo la bendición de Dios, no simplemente con una sensación subjetiva de tranquilidad (Brueggemann, 1997).
Esto cambia nuestra manera de hablar de paz. No basta con preguntarnos si una persona se siente tranquila. También debemos preguntarnos si está viviendo en relaciones saludables, si existe reconciliación donde sea posible, si hay justicia y si su vida está orientada hacia Dios.
La paz anunciada por los profetas alcanza toda la vida
Los profetas hablaron de la paz como parte de la restauración futura que Dios realizaría con su pueblo. En medio de períodos marcados por guerra, exilio, injusticia y crisis espiritual, sus palabras no se limitaron a prometer alivio temporal. Anunciaron una restauración profunda.
Isaías presenta una de las imágenes más conocidas: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6, RV1960).
La paz aparece aquí vinculada con la persona y el gobierno del Mesías. No es simplemente una condición política que los seres humanos consiguen mediante acuerdos. Es una realidad relacionada con el reinado justo de aquel que Dios enviaría.
Esta perspectiva ayuda a comprender por qué la paz bíblica tiene una dimensión presente y otra futura. Dios comienza a restaurar aquello que ha sido quebrantado, pero la restauración completa todavía espera su consumación. El creyente experimenta la paz de Dios en medio de una realidad que todavía contiene sufrimiento, injusticia, enfermedad, violencia y muerte.
La teología bíblica de este pacto mantiene juntas estas dos realidades: Dios ya ha actuado para reconciliar y restaurar, pero la plenitud de esa restauración todavía está por manifestarse.
Jesús no prometió una vida sin conflictos
Las palabras de Jesús en Juan 14 adquieren todavía mayor fuerza cuando recordamos el contexto en el que fueron pronunciadas. Los discípulos estaban a punto de enfrentar la muerte de su Maestro, la incertidumbre y la persecución. Jesús no les prometió que las circunstancias permanecerían tranquilas. Les prometió su paz.
“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Juan 14:27, RV1960).
La diferencia es radical. El mundo puede intentar producir paz mediante tratados, acuerdos, estructuras políticas, estabilidad económica o mecanismos de seguridad. Todas estas cosas pueden ser necesarias y valiosas. La Biblia no enseña que la sociedad deba despreocuparse de la justicia o de la construcción de relaciones pacíficas. Pero ninguna de ellas puede producir por sí misma la paz profunda que Cristo ofrece.
La paz de Jesús no depende de que todo esté bajo nuestro control.
Eso explica por qué una persona puede atravesar una enfermedad, una crisis familiar o una situación de incertidumbre y, aun así, experimentar una confianza que no puede explicarse únicamente desde sus circunstancias. No significa que deje de sentir tristeza o temor. Significa que esas emociones ya no tienen la última palabra.
La paz también tiene una dimensión comunitaria
Hablar de shalom solamente como tranquilidad interior reduce considerablemente su significado. La paz bíblica también tiene una dimensión social. Los profetas denunciaron repetidamente las estructuras de injusticia que impedían que el pueblo experimentara el bienestar que Dios deseaba.
Jeremías, por ejemplo, denuncia a quienes anunciaban paz de manera superficial: “Y curan la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz” (Jeremías 6:14, RV1960).
Esta advertencia conserva una enorme actualidad. No podemos hablar de paz mientras ignoramos el sufrimiento de quienes viven alrededor de nosotros. No existe shalom auténtico cuando la violencia permanece escondida dentro de las familias, cuando la injusticia se normaliza, cuando el abuso es silenciado o cuando la pobreza y la exclusión son tratadas como problemas ajenos.
La paz bíblica exige verdad. Por eso, promover la paz no significa evitar toda conversación incómoda. A veces, la búsqueda de una paz superficial impide enfrentar aquello que necesita ser transformado. La verdadera reconciliación requiere reconocer el daño, asumir responsabilidades, establecer límites cuando son necesarios y buscar restauración donde sea posible.
Cristo es el centro de la reconciliación
En el Nuevo Testamento, la paz adquiere una dimensión todavía más profunda en la obra de Cristo. Pablo afirma que Cristo mismo es nuestra paz y presenta su obra como aquella que derriba las barreras que separaban a las personas.
La reconciliación no es un tema secundario del evangelio. Está en el centro de la obra de Cristo. Dios no solamente ofrece perdón individual; está llevando adelante un propósito de restauración que alcanza las relaciones humanas y, finalmente, toda la creación.
Por eso, la paz cristiana no puede reducirse a “sentirse bien con Dios”. Implica haber sido reconciliados con Él y comenzar a vivir desde esa reconciliación. Una persona que ha recibido gracia está llamada a extender gracia. Quien ha sido perdonado está llamado a aprender a perdonar. Quien ha recibido misericordia está llamado a tratar al otro con misericordia.
Esto no significa que toda relación pueda restaurarse de la misma manera ni que la reconciliación elimine la necesidad de límites frente al daño. La paz bíblica nunca debe utilizarse para presionar a una persona a regresar a una situación de violencia o abuso. La restauración verdadera incluye verdad, justicia, responsabilidad y seguridad.
Una paz que apunta hacia la restauración final
La historia bíblica comienza con una creación que Dios declara buena y avanza hacia una creación restaurada. El pecado introduce ruptura: rompe la comunión con Dios, afecta las relaciones humanas y somete la creación a frustración y corrupción. La obra redentora de Cristo comienza a revertir esa ruptura y apunta hacia una restauración completa.
Apocalipsis presenta esa esperanza con una imagen extraordinariamente poderosa: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4, RV1960).
Esta promesa permite comprender la paz cristiana dentro de una perspectiva escatológica. La paz que experimentamos ahora es real, pero todavía no es completa. Hay lágrimas que todavía existen, conflictos que todavía no han sido resueltos y heridas que todavía necesitan sanidad. La esperanza cristiana mira hacia el día en que la restauración será plena y la presencia de Dios llenará toda la realidad.
Por eso, la paz que Cristo da no es una evasión del mundo. Es una manera diferente de vivir dentro de él. Quien tiene la paz de Cristo puede trabajar por la paz de otros sin creer que debe resolver todos los problemas del mundo. Puede participar en procesos de reconciliación, defender la justicia, cuidar al vulnerable, pedir perdón, perdonar y construir relaciones saludables, sabiendo que la restauración definitiva no depende de sus propias fuerzas.
La paz que recibimos también estamos llamados a comunicarla
En una época marcada por polarización, conflictos armados, violencia, incertidumbre económica y profundas divisiones sociales, hablar de paz puede parecer ingenuo. Pero la visión bíblica es mucho más exigente que un simple llamado a mantener la calma. Nos llama a vivir reconciliados con Dios y a participar, desde nuestra realidad concreta, en la restauración que Él está realizando.
La paz que Cristo ofrece no significa que nunca habrá problemas. Significa que los problemas no tienen que convertirse en el fundamento de nuestra vida. Tampoco significa negar el dolor o evitar los conflictos. Significa aprender a atravesarlos desde una relación con Dios que proporciona estabilidad aun cuando las circunstancias no la proporcionan.
El mundo necesita acuerdos de paz, pero también necesita personas transformadas que sepan construir relaciones pacíficas. Necesita comunidades donde la verdad pueda decirse sin violencia, donde el perdón no sea utilizado para encubrir injusticias, donde la reconciliación sea acompañada por responsabilidad y donde la dignidad humana sea respetada.
La paz bíblica tiene raíces más profundas que nuestras circunstancias. El shalom que encontramos en las Escrituras no es solamente la tranquilidad de una persona que ha conseguido que todo salga como esperaba. Es la visión de una vida reconciliada con Dios, integrada en relaciones justas y orientada hacia la restauración de todas las cosas. Esa paz comenzó a manifestarse en Cristo, continúa transformando vidas y encontrará su plenitud cuando Dios lleve a término su propósito redentor.
En este mes que se celebra el Día Internacional de la Paz, quizá valga la pena preguntarnos no solamente cuánto necesita paz nuestro mundo, sino qué clase de paz estamos buscando y qué clase de paz estamos ofreciendo a quienes nos rodean. La respuesta cristiana comienza en Cristo, pero no termina en nosotros. La paz que recibimos de Él también nos convierte en instrumentos de reconciliación en una sociedad que necesita desesperadamente recuperar aquello que el pecado ha quebrado.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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Bibliografía
Brueggemann, W. (1997). Teología del Antiguo Testamento: Testimonio, disputa y defensa. Sígueme.
Eichrodt, W. (1975). Teología del Antiguo Testamento. Cristiandad.
Wright, N. T. (2010). Después de que creyeron: La visión cristiana del mundo. Editorial Clie.
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