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La adoración que mueve a Dios

La adoración es la respuesta espontánea del ser humano ante la grandeza, santidad y amor de Dios, manifestada a través de una rendición y entrega total de la vida. No es simplemente un sentimiento; es un deseo intenso del corazón por darlo todo por Él; deseo que es catalizado por el Espíritu Santo.

Esto difiere de la adoración formalista o falsa, en la que el individuo finge exteriormente que quiere exaltar a Dios. Esta no es genuina, sino que puede estar movida por una naturaleza corrompida y por la vanagloria de recibir alabanza y admiración de los demás (Isaías 29:13).

Todos fuimos creados para alabanza de su gloria (Efesios 1:6). La adoración no se limita a la expresión musical; existen muchas formas de expresarla. Sin embargo, lo más importante es que se origine en el corazón del ser humano.

Actitudes y pilares esenciales en la adoración a Dios

La fe

La fe es el pilar que permite mantener presente la grandeza y el poder de Dios ante los grandes peligros o desafíos. El rey Josafat tuvo temor ante un ejército muy numeroso que venía contra él (2 Crónicas 20:3), pero sabía que, más allá de lo que decidiera el hombre o de las situaciones que se enfrentaran, la última palabra la tiene Dios. Sin fe es imposible agradarle.

Asimismo, la fe permite actuar con confianza y emprender aquello que la lógica humana considera imposible. Es el ancla que da seguridad en medio de las tempestades y adversidades que vive cada persona.

¿Cómo se obtiene? Por oír la palabra de Dios (Romanos 10:17). Este fue el caso de Rahab, quien expresó:

“Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido.” (Josué 2:10, Reina-Valera 1960).

El oír las maravillas que Dios había hecho a favor de la nación de Israel produjo en Rahab la fe necesaria para arriesgarse a ocultar a los espías, sabiendo que Él podía librarla de la mano del rey de Jericó y preservar la vida de ella y de toda su familia.

Además, la fe es presentada en el Nuevo Testamento también como un don del Espíritu Santo (1 Corintios 12:8-9), que capacita al cristiano para una fe extraordinaria o perseverante, permitiéndole mantenerse firme ante las dificultades.

Ahora, ¿cómo permanecer firmes ante cualquier situación y no dudar de lo que Dios promete cuando se afrontan momentos difíciles? Es necesario desarrollar la fe, lo cual se evidencia cuando se actúa conforme a la Palabra de Dios en los diferentes momentos en que esta es sometida a prueba (Santiago 1:2-3), y no de acuerdo con las costumbres o la forma de proceder del mundo.

Abraham fue desarrollando su fe a medida que obedecía a Dios y aceptaba el reto de caminar de acuerdo con la orden que Él le daba (Génesis 12:1-4). Actuar en fe siempre implica desafíos y salir de los parámetros normales.

Amor

El amor a Dios es el motor que da el impulso para seguir cuando ya no hay fuerzas ni ánimo; es ese extra para no abandonar y dar un paso más. Es lo que hace la diferencia entre lograr aquello que se emprendió o desistir. Es lo que Dios espera de cada persona: que lo dé todo por Él.

Para Abraham, su hijo era el deseo cumplido de su corazón, pero el Señor le pidió que se lo entregara en sacrificio. Estuvo dispuesto a hacerlo porque tenía fe y confiaba en Dios (Génesis 22:2). Era ese algo más que Dios quería que hiciera; es el extra que espera de cada persona. Más allá de las palabras, son los hechos los que demuestran la autenticidad de nuestra entrega a Dios.

Entonces, ¿cómo hacer que el amor crezca y haya disposición de darlo todo por Dios? Hay que recordar que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5:5). El amor crece en la medida en que se obedece a Dios y cuando, de manera consciente, existe la voluntad de entregarlo todo por Él.

El apóstol Pablo, al entender quién era Jesús y el valor supremo de conocerlo, entregó su vida y lo dejó todo a fin de alcanzar a Cristo su Señor (Filipenses 3:4-8). Esto permitió que su amor y compromiso con su Salvador no se apagara, sino que aumentara (Filipenses 1:9). Cristo era su gozo y aquello que daba razón a su existencia.

Rendición

La rendición es donde se llega a la plenitud de la adoración. Es la entrega total a la voluntad de Dios, a lo que Él decida hacer. Aquí se adora porque Él es digno de adoración, sin esperar nada a cambio. Es un deseo intenso del corazón por engrandecerlo y, más que un deseo, una necesidad que impulsa a mantenerse alabando sin importar el tiempo o la circunstancia.

Así lo expresa el libro de Apocalipsis:

“Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.” (Apocalipsis 5:11-12, Reina-Valera 1960).

Cuando estas actitudes y pilares están presentes, se alcanza el clímax de la adoración que el Padre anhela: una adoración desinteresada que solo busca agradar a Dios.

El rey Josafat, en medio de una situación apremiante, se postró para adorarle (2 Crónicas 20:18), en señal de humillación ante la grandeza y majestad de Dios y como reconocimiento de su inmerecido socorro. Después, el pueblo fue testigo de la intervención de Dios, quien los libró de la multitud que había venido a hacerles guerra (2 Crónicas 20:20-24).

Esta es la adoración que mueve a Dios: no una fórmula para obtener algo de Él, sino una respuesta de fe, amor y rendición ante quien es digno de toda adoración.

La verdadera adoración comienza en el corazón. No depende únicamente de una canción, de un lugar o de una expresión externa. Es una vida rendida a Dios, que confía en Él, lo ama y está dispuesta a obedecerlo aun cuando las circunstancias sean difíciles.

Cuando la fe, el amor y la rendición forman parte de nuestra relación con Dios, la adoración deja de ser solamente una expresión y se convierte en una manera de vivir.

Por Carlos Yordane Venero

Estudiante Doctorado UCL

 

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