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El pacto bíblico y la relación de Dios con el ser humano

Hay palabras en la Biblia que aparecen tantas veces que podemos acostumbrarnos a ellas sin detenernos a pensar en todo lo que significan. “Pacto” es una de ellas. La encontramos desde los primeros capítulos de Génesis y continúa apareciendo a lo largo de toda la historia bíblica hasta llegar al Nuevo Pacto establecido por Jesucristo. No se trata simplemente de una palabra utilizada para describir antiguos acuerdos. El pacto ayuda a comprender cómo Dios decide relacionarse con el ser humano, cómo comunica sus promesas y cómo desarrolla su propósito redentor a través de la historia. Leer la Escritura desde esta perspectiva permite descubrir una continuidad que atraviesa acontecimientos muy diferentes y que, finalmente, encuentra su centro en Cristo.

El pacto como forma de relación con Dios

En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea berit se traduce habitualmente como “pacto”, mientras que en el Nuevo Testamento aparece el término griego “diathēkē”. En términos generales, el pacto establece un compromiso solemne y una relación definida entre las partes. Sin embargo, reducirlo a la idea de un contrato sería insuficiente. Un contrato suele establecer obligaciones entre partes que negocian determinadas condiciones; el pacto bíblico, especialmente cuando Dios es quien lo establece, tiene una dimensión relacional mucho más profunda.

  1. Palmer Robertson lo define como “un vínculo de sangre soberanamente administrado” (Robertson, 2015, p. 15). La expresión permite apreciar dos aspectos fundamentales. Existe un vínculo real, solemne y vinculante, pero es Dios quien administra soberanamente los términos de la relación. No encontramos al ser humano negociando con Dios desde una posición de igualdad. Es Dios, en su autoridad, quien toma la iniciativa y establece aquello que ha decidido hacer.

El contexto del antiguo Cercano Oriente ayuda a entender por qué la Biblia emplea este lenguaje. En aquel mundo existían diversos tipos de pactos y acuerdos. Algunos podían establecerse entre personas o grupos con una posición semejante, mientras que otros vinculaban a un soberano con alguien que se encontraba bajo su autoridad. Estos acuerdos podían incluir compromisos, promesas, responsabilidades y consecuencias (Ryrie, 1993, p. 210). El lenguaje bíblico se desarrolla dentro de ese mundo cultural, pero los pactos de Dios no pueden reducirse a los modelos políticos o sociales de la época.

Pero…hay algo diferente. Dios no necesita pactar con el ser humano para aumentar su poder ni para protegerse de alguna amenaza. Él es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Aun así, el Dios soberano decide comprometer su palabra y acercarse al ser humano mediante una relación que puede ser conocida, comprendida y recordada.

Esa decisión revela algo acerca de Dios: Su soberanía no lo hace distante. Su majestad no impide su cercanía. Por eso, aunque en los pactos bíblicos encontramos promesas, responsabilidades, señales y consecuencias, todos estos elementos deben entenderse dentro de una relación que Dios mismo ha decidido establecer. Hay pactos dirigidos a personas concretas, otros relacionados con familias y otros que involucran a comunidades enteras. Las promesas también varían: preservación, descendencia, tierra, bendición, protección o comunión. No todos los pactos tienen exactamente los mismos componentes ni cumplen la misma función dentro de la historia bíblica. La riqueza del concepto está precisamente en reconocer esas diferencias sin perder de vista el hilo que los conecta.

Uno de los episodios que permite apreciar el carácter solemne de un pacto aparece en Génesis 15. Dios había hablado con Abram y le había dado una promesa relacionada con su descendencia. Más adelante, el Señor confirma su palabra mediante una ceremonia que utiliza elementos propios de la cultura antigua. El relato dice: “Y sucedió que puesto el sol, y ya entrada la oscuridad, se dejó ver un horno humeando, y una antorcha de fuego que pasó por entre los animales divididos” (Génesis 15:17, RV1960).

El detalle resulta significativo. Abram había caído en un profundo sueño (Génesis 15:12), y es la manifestación asociada con la presencia de Dios la que pasa entre los animales divididos. La escena comunica solemnidad y compromiso, pero también pone el énfasis en la iniciativa divina. Dios está confirmando su promesa.

Berkhof relaciona este episodio con las prácticas de ratificación de pactos del mundo antiguo y destaca el carácter soberano de la acción divina en este pasaje (Berkhof, 1996, p. 305). La promesa no surge de la capacidad de Abram para asegurar su futuro. Es Dios quien empeña su palabra.

Esto no elimina la responsabilidad humana. Cuando llegamos a Génesis 17, Dios llama a Abraham a caminar delante de Él y establece la circuncisión como señal del pacto. La gracia y la obediencia aparecen juntas, pero no en un orden que permita confundirlas. Dios inicia; el ser humano responde.

 

La iniciativa de Dios y la respuesta humana

Esta relación entre iniciativa divina y respuesta humana es indispensable para comprender los pactos bíblicos. Dios no espera que el ser humano alcance primero una determinada condición para entonces acercarse. La historia bíblica muestra repetidamente a un Dios que llama, promete, rescata y establece su voluntad.

El caso de Israel resulta especialmente claro. Antes de entregar la ley en el Sinaí, Dios había actuado para liberar al pueblo de Egipto. La liberación precede a las responsabilidades que Israel recibiría como pueblo del pacto. Dios mismo declara: “Y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os saco de debajo de las tareas pesadas de Egipto” (Éxodo 6:7, RV1960).

La frase “os tomaré” concentra una verdad que recorre toda la Escritura: Dios actúa primero.

Esto tiene profundas implicaciones para la comprensión de la gracia. La relación con Dios no comienza con los méritos humanos. La obediencia no es un mecanismo mediante el cual una persona consigue que Dios la acepte. La respuesta humana tiene lugar dentro de una relación que Dios ya ha iniciado. Grudem señala que la iniciativa divina constituye un elemento fundamental para comprender la relación de Dios con su pueblo y el desarrollo de sus promesas (Grudem, 2007, p. 540).

Horton también destaca esta prioridad de la gracia en la teología del pacto. Dios establece sus promesas y, sobre esa base, llama al ser humano a responder mediante la fe y la obediencia (Horton, 2010, p. 45).

Esta distinción es especialmente necesaria porque existe el riesgo de presentar los pactos bíblicos como si fueran únicamente una lista de condiciones. La Biblia presenta algo mucho más profundo. Hay responsabilidades reales y hay consecuencias reales, pero todo ocurre dentro de una relación iniciada por Dios.

La señal del pacto también ayuda a comprender esta realidad. En el pacto con Noé aparece el arco iris como señal; en el pacto con Abraham, la circuncisión. Estas señales hacen visible algo que ha sido establecido mediante la palabra de Dios. No constituyen simples símbolos decorativos. Funcionan como recordatorios concretos de un compromiso establecido.

La propia expresión hebrea asociada con (hacer un pacto) resulta reveladora. Karat berit, literalmente “cortar un pacto”, está relacionada con el lenguaje de los animales divididos que aparece en determinados rituales pactuales. En el mundo antiguo, caminar entre las partes de los animales podía expresar la gravedad del compromiso asumido. La imagen comunicaba que romper la palabra dada no era un asunto insignificante.

El lenguaje adquiere una dimensión todavía mayor al llegar al Nuevo Testamento. En la última cena, Jesús toma la copa y declara: “De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (Lucas 22:20, RV1960). La sangre ya no aparece simplemente como parte de una antigua ceremonia. Aquí señala directamente hacia la muerte de Cristo. El Nuevo Pacto está unido a su sacrificio.

La historia de los pactos, por tanto, no puede entenderse como una sucesión de acuerdos independientes. Hay un desarrollo progresivo. Las promesas, los llamados, las señales, las responsabilidades y las relaciones establecidas por Dios forman parte de una historia mayor.

El propósito que atraviesa toda la Escritura

Quizá el aspecto más hermoso de los pactos bíblicos sea que, detrás de las promesas concretas, aparece una promesa todavía más profunda: Dios quiere ser el Dios de su pueblo.

Esta idea aparece de distintas maneras a lo largo de la Escritura. En el pacto con Abraham encontramos una declaración extraordinariamente clara: “Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti” (Génesis 17:7, RV1960).

La tierra tenía importancia. La descendencia tenía importancia. La bendición tenía importancia. Pero todo ello encontraba su significado mayor en la relación con Dios.

La afirmación (para ser tu Dios) lleva el pacto al terreno de la comunión. Dios no está interesado únicamente en entregar algo a su pueblo; está estableciendo una relación en la que Él mismo constituye el centro. La teología bíblica presenta esta relación entre Dios y su pueblo como un eje fundamental del desarrollo de la revelación (Vos, 2005, p. 142). Esto permite comprender por qué los pactos tienen un lugar tan importante en la historia de la salvación.

También permite leer la Biblia de una manera diferente.

  • El pacto con Noé aparece después del juicio del diluvio y está relacionado con la preservación de la creación. 
  • El pacto con Abraham introduce promesas que tendrán repercusiones para generaciones posteriores. 
  • El pacto mosaico establece la relación particular de Dios con Israel como nación. 
  • El pacto con David incorpora la expectativa de un reino y una descendencia. 
  • Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, todas estas líneas encuentran su centro en Jesucristo.

Hebreos presenta a Cristo como mediador del Nuevo Pacto (Hebreos 9:15). Su obra no constituye un episodio aislado dentro de la historia bíblica. Es el punto hacia el cual se dirige el propósito redentor de Dios.

Por eso, estudiar los pactos también significa aprender a leer la Biblia como una historia unificada. Una historia en la que Dios permanece fiel; una historia en la que la iniciativa procede de Él, la respuesta humana tiene un lugar verdadero y las promesas avanzan hacia su cumplimiento.

En un tiempo en el que la palabra dada puede perder valor con facilidad, esta dimensión de la Escritura adquiere una fuerza particular. El pacto nos recuerda que Dios no trata sus promesas como palabras pasajeras. Su fidelidad sostiene la historia aun cuando las personas fallen. Al mismo tiempo, la relación pactual nos confronta con nuestra propia respuesta: la gracia recibida no conduce a la indiferencia, sino a una vida marcada por la fe y la obediencia.

El pacto, entonces, no es solamente un concepto teológico que debemos definir correctamente. Es una ventana para contemplar el carácter de Dios.

  • Un Dios que habla.
  • Un Dios que promete.
  • Un Dios que permanece fiel.

Y un Dios que, en Jesucristo, lleva su propósito redentor hasta sus últimas consecuencias.

Desde el jardín hasta la consumación descrita en Apocalipsis, la Escritura presenta una historia en la que Dios se acerca al ser humano y manifiesta progresivamente su propósito. Comprender los pactos permite percibir esa continuidad y reconocer que, en el centro de todo, no está simplemente un conjunto de promesas, sino el Dios que las pronuncia y que encuentra en Cristo el cumplimiento de su obra redentora.

Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos

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Referencias

Berkhof, L. (1996). Teología sistemática (3.ª ed.). Libros Desafío.

Grudem, W. (2007). Teología sistemática: Una introducción a la doctrina bíblica. Editorial Vida.

Horton, M. (2010). Dios de promesa: Introducción a la teología del pacto. Editorial Portavoz.

Reina-Valera 1960. (1960). La Santa Biblia. Sociedades Bíblicas Unidas.

Robertson, O. P. (2015). El Cristo de los pactos. Publicaciones Andamio.

Ryrie, C. C. (1993). Teología básica. Editorial Unilit.

Vos, G. (2005). Teología bíblica: Antiguo y Nuevo Testamento. Libros Desafío.

 

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