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Dos virtudes indispensables para agradar a Dios y mantenerse en la cima

La virtud es una cualidad buena que inclina a la persona a obrar de acuerdo con valores morales y a actuar bien. Entre las virtudes esenciales para agradar a Dios y mantenerse en la cima están la humildad y el temor de Jehová.

La humildad

Es la cualidad que permite al ser humano actuar con modestia, sin presumir de sus logros ni creerse superior a los demás. Se cultiva mediante la obediencia y se fortalece cuando existe disposición para someterse voluntariamente a Dios. Con la práctica, puede convertirse en un hábito que se manifiesta de forma natural ante distintas situaciones.

La humildad permite reconocer las faltas, corregirlas y seguir adelante. La Palabra de Dios enseña: “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13, RV1960).

La humildad lleva a recibir con reverencia los mandamientos de Dios y a buscar su voluntad con un corazón dispuesto a obedecer. Esto no significa aceptar sin discernimiento cualquier interpretación humana, sino procurar comprender y obedecer lo que Dios ha revelado en su Palabra. El Señor Jesucristo dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:29-30, RV1960). El Señor Jesús dio ejemplo de humildad al hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:8).

El temor de Dios

Es un profundo respeto y reverencia ante la majestad y el poder de Dios. Se demuestra al tomar en cuenta lo establecido por Él en su Palabra y al procurar que sus enseñanzas orienten nuestras decisiones.

Esta virtud es como una “muralla” que ayuda a protegernos del pecado y resulta indispensable para apartarnos del mal ante la tentación. La Biblia enseña que el temor de Jehová lleva a los seres humanos a apartarse del mal (Proverbios 16:6).

El temor de Dios también se presenta en la Escritura como una obra que Él realiza en el corazón de su pueblo: “Y haré con ellos pacto eterno, que no me volveré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí” (Jeremías 32:40, RV1960).

También se cultiva cuando existe un deseo genuino de agradar a Dios, que lleva al creyente a reconocer con mayor claridad su santidad y grandeza, así como su propia condición pecaminosa (Isaías 6:5-7).

El temor de Dios puede debilitarse cuando una persona desobedece de forma deliberada y reiterada. La resistencia persistente a sus mandamientos puede endurecer el corazón y traer consecuencias, como ocurrió con el pueblo de Israel. La Escritura advierte: “Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos” (Jeremías 2:19, RV1960).

 

La Biblia describe a hombres que amaron a Dios, pero que no permanecieron fieles en todo momento. De Salomón se dice: “Mas Salomón amó a Jehová, andando en los estatutos de su padre David; solamente sacrificaba y quemaba incienso en los lugares altos” (1 Reyes 3:3, RV1960). Aunque Dios le concedió gran sabiduría, Salomón se apartó de Él y desobedeció sus mandamientos. La Escritura relata: “Y se enojó Jehová contra Salomón, por cuanto su corazón se había apartado de Jehová Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y le había mandado acerca de esto, que no siguiese a dioses ajenos; mas él no guardó lo que le mandó Jehová” (1 Reyes 11:9-10, RV1960). Su historia advierte sobre el peligro de apartarse de Dios, incluso después de haber recibido grandes responsabilidades y privilegios.

También se menciona al rey Uzías, quien comenzó a reinar a temprana edad e hizo lo recto delante de Jehová. Sin embargo, la Escritura dice: “Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios, entrando en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso” (2 Crónicas 26:16, RV1960). Este comportamiento puede repetirse cuando las personas alcanzan el éxito y olvidan que todo lo recibido implica responsabilidad delante de Dios. Entonces pueden llegar a pensar que están por encima de sus mandamientos y que sus decisiones no tendrán consecuencias.

Asimismo, la Escritura resalta la vida de José, quien afrontó diversas situaciones que pusieron a prueba su integridad. Aun siendo esclavo y viviendo en tierra extraña, resistió la tentación de la mujer de Potifar. Su respuesta muestra que entendía la gravedad de pecar contra Dios: “No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer; ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9, RV1960).

De igual forma, cuando fue llevado ante Faraón para interpretar su sueño, José reconoció que la capacidad para dar respuesta provenía de Dios: “Respondió José a Faraón, diciendo: No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón” (Génesis 41:16, RV1960). No se atribuyó la gloria por la interpretación, sino que reconoció su dependencia de Dios.

El ejemplo de José permite apreciar cómo la integridad, el temor de Dios y la humildad se reflejan en sus decisiones. La Escritura declara: “El temor de Jehová es para vida, y con él vivirá lleno de reposo el hombre; no será visitado de mal” (Proverbios 19:23, RV1960). Su historia contrasta con la de quienes, después de alcanzar una posición de honra, se apartaron de Dios.

Cuando los servidores de Dios no cultivan estas virtudes, corren el riesgo de envanecerse y desviarse del propósito al que fueron llamados, convirtiéndose en tropiezo para quienes están bajo su liderazgo. Aunque proclamen que aman al Señor y que actúan para su gloria, sus decisiones pueden revelar intereses personales cuando dejan de lado su Palabra. Jesús dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15, RV1960).

 

Por tanto, es indispensable que todo siervo de Dios cultive la humildad para escuchar la exhortación y mantenga el temor de Dios para apartarse del mal cuando reconoce una falta. La Escritura recuerda que no hay hombre justo que haga el bien y nunca peque (Eclesiastés 7:20). Reconocer los errores, arrepentirse y volver a la obediencia forma parte de una vida que busca agradar al Señor. Proverbios declara: “Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová” (Proverbios 22:4, RV1960).

Son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová.” (Proverbios 22:4, RV1960). 

 

Por: Carlos Yordane Venero Pérez

Estudiante Doctorado UCL

 

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