Un anhelo que habita el corazón
Muchos crecimos con una imagen borrosa —o dolorosa— de lo que significa tener un padre. Algunos tuvieron un padre presente pero distante, otros vivieron la ausencia física o emocional de su figura paterna. No es raro que, aun dentro de la iglesia, hablar de “Dios como Padre” despierte dudas, heridas o una desconexión emocional. Sin embargo, detrás de ese vacío que a veces no sabemos nombrar, se esconde un anhelo profundo: ser conocidos, cuidados y amados incondicionalmente.
La buena noticia es que ese anhelo no es ignorado por Dios. Más bien, Él lo puso ahí. Desde los primeros capítulos de la Biblia, Dios se muestra como alguien que no solo crea al ser humano, sino que se relaciona con él. No lo abandona a su suerte, sino que lo busca, lo cubre, lo corrige, y le habla. El corazón del Padre siempre ha latido por sus hijos.
Jesús nos mostró al Padre
Cuando Jesús vino al mundo, no solo nos trajo salvación. También nos reveló el rostro del Padre. Uno que muchos nunca habían conocido. Lo hizo con ternura, con autoridad y con cercanía. En una cultura donde llamar “Padre” a Dios podía parecer irreverente, Jesús nos enseñó a hacerlo con naturalidad y confianza: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre” (Mateo 6:9, RV1960).
Jesús no habló del Padre como una figura lejana, sino como alguien cercano, compasivo, atento a los detalles de la vida cotidiana. Dijo, por ejemplo, que el Padre “hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45, RV1960). Y en una de sus parábolas más conmovedoras, nos contó la historia de un hijo pródigo que fue recibido con abrazos, ropa nueva y una fiesta (Lucas 15). Ese es el corazón del Padre. Uno que no se cansa de esperar, de perdonar, de restaurar.
¿Cómo es el Padre que nos adopta?
Reconocer a Dios como Padre transforma nuestra forma de vivir. Ya no actuamos para ganarnos su amor, sino que respondemos a un amor que ya nos fue dado. La Biblia describe así a nuestro Padre:
- Nos ama profundamente: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3, RV1960).
- Nos disciplina con propósito: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6, RV1960).
- Conoce nuestras necesidades: “Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6:32, RV1960).
- Nos recibe como sus hijos legítimos: “Más a todos los que le recibieron […] les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12, RV1960).
Cuando entendemos esto, algo se sana dentro de nosotros. Ya no caminamos con la carga de la aprobación, ni con miedo a fallar. Vivimos sabiendo que pertenecemos, que somos parte de una familia eterna.
Sanados para ser padres espirituales
Aceptar la paternidad divina también nos cambia en cómo nos relacionamos con otros. No es posible conocer el amor del Padre y quedarnos iguales. Quienes han sido abrazados, empiezan a abrazar; quienes han sido restaurados, comienzan a cuidar. Por eso, en el liderazgo cristiano, es clave no solo enseñar, sino pastorear con corazón de padre.
El apóstol Pablo entendía esto bien: “No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados” (1 Corintios 4:14, RV1960). No hablaba desde la superioridad, sino desde el afecto de quien engendra hijos espirituales y camina con ellos.
Volver al Padre
Hoy, más que nunca, necesitamos volver al corazón del Padre. No como un concepto teológico, sino como una realidad viva. En un mundo herido por el abandono, el abuso y la indiferencia, los hijos de Dios estamos llamados a reflejar el amor del Padre que nunca falla.
Si alguna vez te sentiste lejos, rechazado o no digno de su amor, escucha esta verdad: Dios sigue siendo Padre. Y tú sigues siendo su hijo. El abrazo del Padre no se ha cerrado. Él espera con los brazos abiertos. No por lo que puedas hacer, sino por lo que ya eres para Él.
¿Y tú? ¿Has conocido al Padre como realmente es? Tal vez hoy sea el día para volver a casa. Porque más allá del servicio, del ministerio y del conocimiento, nada define más nuestra vida que esta verdad sencilla y poderosa: Somos hijos amados de un Padre bueno.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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