En esta época del año, cuando las luces, los regalos y los pesebres adornan nuestras ciudades, es necesario detenerse a contemplar la verdad más profunda detrás de la Navidad: el misterio del Dios que se hizo hombre. Esta realidad, conocida en la teología como kenosis —del griego kenóō, “vaciarse” o “despojarse”—, revela el corazón mismo del Evangelio. Cristo no solo vino al mundo; vino como siervo. Su nacimiento humilde en un pesebre fue el inicio visible de un proceso divino de humillación voluntaria que culminó en la cruz.
El significado del despojo divino
El apóstol Pablo, en su carta a los Filipenses, ofrece una de las declaraciones más profundas sobre este misterio: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:6-7, RV1960).
En pocas palabras, la kenosis describe cómo el Hijo eterno de Dios se despojó no de su divinidad, sino del privilegio y la gloria que le correspondían por derecho. No dejó de ser Dios, pero eligió no aferrarse a los atributos que lo colocaban por encima de la humanidad. En vez de ello, abrazó nuestras limitaciones, experimentó el hambre, el cansancio, el dolor y la tristeza. En Jesús, Dios no solo se acerca a nosotros, sino que se identifica con nosotros.
El término “se despojó” implica una decisión voluntaria. Nadie obligó al Hijo de Dios a hacerse hombre. Lo hizo por amor. Este gesto redefine lo que significa el poder divino: no como dominio, sino como servicio; no como imposición, sino como entrega.
La humildad de su nacimiento
Cuando leemos en los Evangelios el relato del nacimiento de Jesús, somos testigos del cumplimiento del plan redentor que comenzó en la eternidad. El Salvador del mundo no vino con esplendor humano, sino en la sencillez de un ambiente ordinario. “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7, RV1960).
El relato del nacimiento no busca inspirar prácticas externas, sino revelar la profundidad del amor divino que se manifiesta en la humildad. Dios se hizo hombre no entre los poderosos ni en los palacios, sino en medio de la humanidad común. Cada detalle de aquel acontecimiento enseña el lenguaje del servicio, la obediencia y la renuncia.
En un mundo que exalta la apariencia, la competencia y el éxito, el nacimiento de Jesús nos invita a mirar en dirección contraria. Nos confronta con una verdad eterna: Dios se revela en la sencillez y la debilidad. Y quienes anhelan seguirle deben aprender también a vaciarse de sí mismos.
La kenosis como camino para el creyente
El despojo de Cristo no fue solo un acto redentor, sino también un modelo para quienes le siguen. Pablo continúa diciendo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (Filipenses 2:5, RV1960). Es decir, la kenosis no solo pertenece al Cristo histórico, sino que se convierte en el llamado a todo cristiano.
La vida cristiana implica una kenosis diaria: renunciar al orgullo, a los derechos personales, a la vanidad y al deseo de reconocimiento. En otras palabras, seguir a Cristo es aprender a vivir desde el vacío del yo para ser llenos de la plenitud de Dios.
Podríamos preguntarnos, ¿cómo se vive esa actitud hoy?
- Cuando elegimos servir en lugar de ser servidos.
- Cuando perdonamos en vez de guardar resentimiento.
- Cuando damos sin esperar recompensa.
- Cuando amamos incluso a quienes no lo merecen.
Cada uno de estos actos es una pequeña kenosis, una renuncia voluntaria que refleja al Cristo que se despojó.
El exaltado por su humillación
El relato no termina con el despojo. La kenosis conduce a la gloria. “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9, RV1960). La paradoja cristiana es que solo quien se humilla será enaltecido. Jesús enseñó: “El que se humilla será enaltecido” (Lucas 14:11, RV1960).
En la encarnación y en la cruz, Dios reveló que la verdadera grandeza no consiste en subir, sino en descender. El camino hacia la gloria pasa por la humildad, y la Navidad nos lo recuerda cada año.
Redescubrir el sentido de la Navidad
En esta época de diciembre, cuando el bullicio y las luces nos rodean, la kenosis nos llama a mirar más allá de las apariencias. No se trata solo de conmemorar un nacimiento, sino de comprender la profundidad del amor que se entrega sin reservas.
Quizá este tiempo sea el momento ideal para hacer una pausa y preguntarnos: ¿de qué necesitamos despojarnos para que Cristo brille en nosotros? Tal vez de la prisa, del orgullo, de la autosuficiencia. Porque el mismo Jesús que se despojó, hoy invita a sus discípulos a seguir su ejemplo.
Recordar la kenosis no es un acto teológico aislado, sino una oportunidad espiritual: la de renacer a una vida sencilla, servicial y centrada en el amor. El Dios que se hizo hombre nos enseña que el verdadero poder está en la humildad y que el mayor regalo no se envuelve en papel, sino en entrega.
Y esa es la lección eterna del nacimiento de Cristo:
El Dios que se despojó sigue llamando a sus hijos a vivir como Él vivió, con el corazón vacío de ego y lleno de amor.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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