Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos que Dios no creó al ser humano sin propósito. Génesis presenta la creación como una obra ordenada, buena y dirigida hacia una relación particular entre el Creador y la humanidad. El ser humano aparece en medio de esa creación con una dignidad especial, pues fue hecho a imagen de Dios y recibió una responsabilidad concreta dentro del mundo que Dios había creado. En este contexto se encuentra lo que la teología cristiana ha denominado el Pacto Edénico, una forma de referirse a la relación establecida por Dios con Adán en el huerto de Edén antes de la entrada del pecado. Aunque la palabra «pacto» no aparece explícitamente en Génesis 1–2, estos capítulos presentan elementos que posteriormente permiten comprender esta relación en términos pactuales. Por eso, más que comenzar con una definición teológica, conviene mirar primero lo que Dios quiso para el ser humano desde el principio.
Un ser humano creado para reflejar a Dios
El relato de Génesis comienza mostrando que la humanidad ocupa un lugar singular dentro de la creación. Después de formar los cielos, la tierra y todo cuanto en ellos existe, Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra» (Génesis 1:26, RV1960). El versículo siguiente reafirma esta verdad: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, RV1960). La imagen de Dios no constituye simplemente una característica entre muchas otras, sino que expresa algo fundamental acerca de la identidad y dignidad del ser humano. Berkhof (1994, p. 235) relaciona esta imagen con aquello que distingue al ser humano dentro de la creación, mientras que Hoekema (1986, p. 12) explica que puede comprenderse en dimensiones que abarcan su constitución, su capacidad para relacionarse y su responsabilidad de representar a Dios en el mundo.
Esta condición también estaba estrechamente relacionada con el propósito para el cual el ser humano había sido creado. Dios no puso a Adán y a Eva en el huerto simplemente para que disfrutaran de sus beneficios, aunque ciertamente había abundancia y provisión en aquel lugar. Desde el principio existía una responsabilidad que debía cumplirse: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Génesis 1:28, RV1960). El mandato de llenar la tierra y ejercer dominio sobre ella no debe entenderse como una autorización para destruirla, sino como una responsabilidad de administración bajo la autoridad del Creador. El ser humano debía desarrollar la creación y cuidarla como quien administra algo que pertenece a otro.
Génesis 2:15 desarrolla esta responsabilidad de una manera todavía más concreta: «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (RV1960). Los verbos utilizados en este versículo expresan una tarea real. Adán debía trabajar y guardar el huerto; no estaba destinado a una existencia pasiva. El lenguaje utilizado posteriormente para describir el servicio sacerdotal, lo cual ha llevado a algunos intérpretes a considerar el Edén como un espacio que anticipa características del templo. Aunque las diferentes tradiciones teológicas desarrollan esta relación con distintos matices, el punto central permanece: desde el comienzo, Dios confió al ser humano una responsabilidad dentro de su creación. (Robertson,1980, p. 75).
La vida en Edén, por tanto, estaba marcada por la provisión de Dios, pero también por una responsabilidad. El ser humano recibía antes de tener que producir; Dios proveía los recursos necesarios para vivir y después le encomendaba una tarea. Esta relación entre don y responsabilidad aparece repetidamente en la Escritura y ya está presente en los primeros capítulos de Génesis. La vida humana debía desarrollarse en dependencia de Dios, no al margen de Él.
Una libertad que tenía un límite
En medio de esa abundancia, Dios estableció un mandato específico. Génesis 2:16–17 dice: «Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (RV1960). El mandato merece atención porque muestra que la libertad concedida al ser humano nunca fue una autonomía absoluta. Adán podía comer de todos los árboles del huerto, con una excepción claramente establecida por Dios. La prohibición, por tanto, se encontraba dentro de un contexto de generosidad y abundancia.
El árbol de la ciencia del bien y del mal representaba un límite establecido por Dios y, con él, una oportunidad real para que el ser humano expresara obediencia. La cuestión no era simplemente el fruto de un árbol, sino la disposición de Adán a reconocer que Dios tenía el derecho de establecer aquello que era bueno y aquello que debía evitarse. La criatura no podía ocupar el lugar del Creador. Este mandato se concatena con la condición bajo la cual se desarrollaba la relación original entre Dios y el ser humano y con la consecuencia anunciada en caso de desobediencia. (Chafer, 1974, p. 112).
La advertencia divina tampoco era ambigua: «ciertamente morirás». La muerte anunciada no debe reducirse únicamente a la muerte física. La desobediencia produciría una ruptura en la relación con Dios, acompañada de consecuencias espirituales, judiciales y finalmente físicas. Génesis 3 mostrará después cómo aquella advertencia se hizo realidad: el pecado introdujo vergüenza, temor, separación y muerte en la experiencia humana. Lo que había sido una relación de confianza y comunión quedó profundamente afectado por la transgresión.
Aquí encontramos uno de los elementos fundamentales para comprender por qué la teología cristiana habla de un pacto. Un pacto implica una relación establecida, responsabilidades determinadas y consecuencias vinculadas al cumplimiento o incumplimiento de esas responsabilidades. En Génesis 1–2 no encontramos la fórmula pactual que aparecerá posteriormente en otros pasajes bíblicos, ni se utiliza de manera explícita el término hebreo berit («pacto»). Sin embargo, la estructura de la relación entre Dios y Adán presenta varios elementos que han llevado a distintas tradiciones protestantes a hablar de un pacto establecido en Edén.
La terminología no ha sido idéntica en toda la teología protestante. Algunos teólogos reformados han utilizado la expresión «Pacto de Obras» para destacar la responsabilidad de Adán de obedecer a Dios; otros hablan de «Pacto Edénico» o «Pacto Adámico», mientras que también se ha empleado la expresión «Pacto de Creación». Estas diferencias reflejan distintas formas de organizar teológicamente la relación entre Dios y el ser humano antes de la caída. Lo importante es no confundir la categoría teológica con una expresión que aparezca literalmente en Génesis. El texto bíblico presenta la relación y sus condiciones; la terminología pactual es una manera posterior de sistematizar lo que allí encontramos.
La relación que estaba en juego
Para comprender mejor esta relación, también es necesario observar la manera en que Génesis presenta a Dios acercándose al ser humano. En Génesis 1 predomina el nombre Elohim, mientras que en Génesis 2 aparece con frecuencia YHWH Elohim, tradicionalmente traducido como Jehová Dios. El relato de la creación muestra al Dios soberano que llama todas las cosas a la existencia, pero Génesis 2 presenta también al Dios que forma al hombre del polvo de la tierra y sopla en su nariz aliento de vida: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RV1960). La trascendencia de Dios no elimina su cercanía con su criatura. Por el contrario, el relato presenta una relación en la que Dios establece contacto con el ser humano y le comunica su voluntad.
Bavinck (2011, p. 560) utiliza el concepto de condescendencia divina para explicar esta manera en que Dios se da a conocer de forma adecuada a sus criaturas. No significa que Dios deje de ser trascendente, sino que se acerca al ser humano de una manera que este puede recibir y comprender. En el Edén, Adán no tenía que descubrir por sí mismo qué esperaba Dios de él. Dios había hablado y había establecido su voluntad.
La relación original también estaba caracterizada por una ausencia de vergüenza: «Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RV1960). Esta breve afirmación adquiere un significado especial cuando se compara con lo que sucede después de la caída. En Génesis 3, la vergüenza, el temor y el ocultamiento aparecen como consecuencias de la entrada del pecado. El contraste permite apreciar la profundidad de aquello que se perdió. El problema de la humanidad después de la caída no consistió solamente en haber quebrantado una regla, sino en haber alterado radicalmente su relación con Dios.
Por esta razón, cuando se habla del Pacto Edénico, el centro no debe colocarse únicamente en la prohibición del árbol. Lo que estaba en juego era la relación de confianza y obediencia entre el Creador y su criatura. Adán había recibido una identidad, una provisión, una misión y una instrucción clara. Su responsabilidad consistía en vivir dentro de los límites establecidos por Dios y ejercer fielmente el mandato recibido. La transgresión significó rechazar esa posición y buscar una autonomía que la criatura no había recibido.
Esta dimensión representativa de Adán adquiere mayor claridad cuando el Nuevo Testamento vuelve sobre la entrada del pecado. Pablo afirma: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12, RV1960). Más adelante establece un contraste entre Adán y Cristo, mostrando que la desobediencia de uno y la obediencia del otro tienen consecuencias para quienes están unidos a ellos. En 1 Corintios 15:45, Pablo llama a Cristo «el postrer Adán», estableciendo así una conexión entre la historia de la humanidad iniciada con Adán y la obra redentora realizada por Jesucristo.
Esta perspectiva ayuda a comprender que la historia bíblica no comienza con el pecado como si este fuera el propósito original de Dios para la humanidad. Comienza con una creación buena, con un ser humano hecho a imagen de Dios, colocado en un mundo preparado para él y llamado a vivir en obediencia al Creador. La caída interrumpió esa condición, pero no anuló el propósito redentor de Dios. Desde Génesis 3 en adelante, la Escritura mostrará cómo Dios continúa actuando para restaurar aquello que el pecado había quebrantado, hasta encontrar en Cristo la respuesta definitiva al fracaso humano.
El Pacto Edénico, entendido dentro de este marco, nos ayuda entonces a mirar los primeros capítulos de Génesis no como una historia aislada, sino como el comienzo de un tema que recorrerá toda la Escritura: Dios establece una relación con el ser humano, comunica su voluntad, le confía responsabilidades y actúa soberanamente frente a la respuesta humana. La historia de los pactos bíblicos continuará después de la caída con nuevas expresiones de la gracia y del propósito de Dios, pero el punto de partida permanece en aquel huerto donde el ser humano fue creado para vivir delante de Dios, representar su imagen y cumplir fielmente la tarea que había recibido.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos Facebook — Lecciones de Biblia y Ciencia
Bibliografía
Bavinck, H. (2011). Dogmática reformada. Baker Academic.
Berkhof, L. (1994). Teología sistemática. Libros Desafío.
Chafer, L. S. (1974). Teología sistemática. Publicaciones Españolas.
Hoekema, A. A. (1986). Creados a imagen de Dios. Libros Desafío.
Robertson, O. P. (1980). El Cristo de los pactos. Editorial Portavoz.
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