La primera vez que leí Apocalipsis 9 con calma (sin saltarme partes incómodas) lo que me detuvo no fue la imagen de las langostas ni el olor metafórico del humo del abismo. Fue un detalle casi técnico: el tormento tiene una duración. Cinco meses. Ni uno más. Alguien fijó ese número, y ese alguien no es Apolión.
Eso cambió bastante mi forma de leer este capítulo.
Un nombre que carga con todo su significado
Apolión viene del griego Ἀπολλύων, participio de ἀπόλλυμι: destruir, perder sin retorno. Juan lo traduce también al hebreo (Abaddón, אֲבַדּוֹן) que en el Antiguo Testamento aparece como sinónimo del Seol, el lugar sin regreso (Job 26:6; Sal 88:11). Que Juan lo dé en dos idiomas en el mismo versículo no es un adorno literario. Es una forma de decir: esto no es ambiguo, no hay duda sobre quién es. «Y tienen sobre sí rey, el ángel del abismo, cuyo nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión.» (Apocalipsis 9:11, RV1960)
El contexto inmediato es el de la quinta trompeta: el abismo se abre, sale humo, del humo salieron langostas con poder de escorpiones. Suena al caos más puro. Pero si uno se detiene en los detalles del texto, lo que aparece no es desorden sino una lista de restricciones: no dañen la hierba, no maten, no excedan los cinco meses, solo quienes no tienen el sello (Ap 9:3-5). Un destructor con instrucciones no es exactamente lo que uno imagina cuando piensa en el mal sin riendas.
Lo que el texto dice sobre quién manda aquí
Las trompetas del capítulo 9 no son simplemente eventos futuros aislados “son también revelaciones del estado espiritual de quienes rechazan a Dios”. El tormento de Apolión, leído así, ya opera de alguna forma en la vida sin ancla, sin esperanza, sin dirección. No hay que esperar la tribulación para conocer algo de ese vacío (Beale, 1999).
Pero más allá de esa lectura, lo que Apocalipsis 9 deja claro es que el abismo no se abrió solo. El versículo 1 dice que a un ángel «le fue dada» la llave. Voz pasiva. En el griego de Juan, esa construcción tiene nombre: es el passivum divinum, el pasivo que evita nombrar a Dios directamente pero apunta inevitablemente hacia él (Koester, 2014). El destructor no llegó por su cuenta. Fue convocado dentro de un marco que no controla.
Y antes de que Apolión aparezca, ya había un sello. Apocalipsis 7 lo deja registrado: «No dañéis la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios.» (Apocalipsis 7:2-3, RV1960)
La protección es anterior a la amenaza. Eso no es un detalle menor; es la estructura completa del argumento.
Lo que uno aprende mirando al destructor sin miedo
No propongo una fascinación con lo oscuro. Hay algo distinto en esto: entender bien al adversario para no sobredimensionarlo. Cuando se sabe que Apolión actúa con límites, con instrucciones, dentro de un perímetro que no trazó él, la respuesta natural no es el terror sino algo más parecido a la sobriedad.
Los juicios del Apocalipsis no son una historia de la derrota de Dios, sino exactamente lo opuesto. Cada imagen de destrucción está enmarcada en una imagen de control soberano. El mal existe, actúa, hace daño. Pero nunca actúa sin que eso esté dentro del conocimiento y la voluntad del que tiene el control final (Mounce, 1997).
Para el creyente, esto tiene consecuencias concretas. No se trata de negar la dificultad —el tormento del texto es real, el sufrimiento que describe no es metafórico ni suavizado. Pero el que atraviesa la tribulación con el sello de Dios no está navegando a ciegas. Pablo lo formuló sin rodeos, en una lista que parece pensada para no dejar escape: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?» (Romanos 8:35, RV1960)
La respuesta que él mismo da, sin drama, es que ninguno de esos tiene esa capacidad. Apolión entra en esa lista. Y sale sin poder.
Una nota de honestidad sobre cómo leer este texto
Contexto profético, no diagnóstico histórico. Apolión opera dentro del marco de los juicios de la tribulación futura descritos en Apocalipsis. Eso significa que no tenemos autoridad exegética para asignar ese nombre o ese rol a ninguna persona real, contemporánea o histórica. Hacerlo no solo es incorrecto sino que es peligroso. El texto tiene su propio tiempo y su propio espacio. Nuestra tarea es leerlo con fidelidad, no proyectarlo.
Al final, el destructor señala hacia otra cosa
Hay algo irónico en Apolión: existe en el texto para que la victoria de Cristo no sea abstracta. Sin el humo del abismo, sin la imagen de las langostas, sin el nombre del destructor, la promesa del cielo nuevo y la tierra nueva sonaría a optimismo genérico. Con todo eso de fondo, suena a lo que realmente es: una declaración de que ese orden de cosas va a terminar. «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe más.» (Apocalipsis 21:1, RV1960).
Apolión no aparece en este capítulo. No tiene jurisdicción ahí. Y esa no es una esperanza ingenua “es la conclusión de un libro que nunca pretendió que Dios hubiera perdido el control”.
Referencias
Beale, G. K. (1999). Comentario sobre el libro del Apocalipsis. Eerdmans / Paternoster.
Koester, C. R. (2014). Apocalipsis. The Anchor Yale Bible. Yale University Press.
Mounce, R. H. (1997). El libro del Apocalipsis. Nuevo Comentario Internacional sobre el Nuevo Testamento. Eerdmans.
Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Sociedades Bíblicas en América Latina.
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