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Fuimos diseñados para la tierra, no para conquistar el cielo

Tenía unos diez años cuando vi por televisión el despegue del transbordador espacial Columbia. Era 1982, y en casa todos nos habíamos sentado frente al televisor como si algo histórico estuviera a punto de ocurrir (porque lo era). Me quedé paralizada. No por la tecnología, aunque era impresionante para una niña de esa edad. Sino porque algo en esa imagen (ese cohete rompiendo el cielo, alejándose de la tierra como si la tierra fuera demasiado pequeña); me hizo pensar, sin tener palabras para decirlo entonces, en Babel. En esa imagen antigua de hombres mirando hacia arriba, convencidos de que podían llegar. El programa Artemis, con su ambición de regresar a la luna y preparar el camino hacia Marte, me devolvió esa misma sensación de la infancia: la de una humanidad que sigue mirando hacia arriba con el mismo impulso de siempre, a veces con propósito noble, y otras, con una necesidad profunda de demostrar algo que va más allá de la ciencia.

No escribo esto para frenar el avance científico. Lo escribo porque creo que hay preguntas que el liderazgo moderno necesita hacerse antes de seguir avanzando, y que la Biblia, leída con honestidad, tiene algo que decir al respecto.

El mandato que no incluía el universo

Hay un versículo que conozco desde niña, pero que con los años ha adquirido un peso distinto. Génesis 1:28 dice: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Génesis 1:28, RV1960). El mandato es claro en su geografía: la tierra. No el sistema solar. No el universo. La tierra.

Eso no es una limitación peyorativa. Es una asignación. Y hay una diferencia enorme entre las dos. Una limitación te dice que no eres suficiente; una asignación te dice dónde está tu responsabilidad. El ser humano fue creado con precisión para un entorno específico, con biología ajustada a la gravedad, al oxígeno, a la presión atmosférica de este planeta. No es accidente. Es diseño.

Los astronautas que pasan meses en la Estación Espacial Internacional regresan con pérdida de masa ósea, alteraciones cardiovasculares y consecuencias neurológicas documentadas. No porque sean débiles. Sino porque sus cuerpos fueron construidos para otro lugar. La adaptación es posible con tecnología suficiente, pero adaptación no es lo mismo que pertenencia. Y esa distinción teológica me parece fundamental para cualquier conversación sobre liderazgo, expansión y ambición.

Babel no era solo arquitectura

La historia de la torre de Babel sigue siendo, siglos después, una de las narrativas más incómodas de leer en contextos de liderazgo. Incomoda porque los constructores no eran villanos. Eran personas con capacidad, con organización, con visión colectiva y un lenguaje común que les permitía coordinar esfuerzos a gran escala. Si los ponemos en una sala de directivos hoy, probablemente recibirían financiación.

Pero el texto dice algo que vale la pena leer despacio: «Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra» (Génesis 11:4, RV1960). Dos motivaciones en una sola frase. La primera: llegar al cielo. La segunda: hacerse un nombre. Ninguna de las dos tiene a Dios en el centro. Una es conquista territorial; la otra, construcción de identidad sin referencia al Creador.

No digo que Artemis sea Babel. Digo que el impulso que llevó a construir esa torre “la necesidad de trascender, de dejar huella, de no desaparecer” sigue operando en los grandes proyectos humanos. Y que un liderazgo maduro tiene que ser capaz de preguntarse: ¿desde dónde estamos tomando esta decisión? ¿Desde el propósito o desde el miedo a la irrelevancia?

La capacidad no justifica la acción

Hay un principio paulino que me ha acompañado en muchas decisiones difíciles, tanto académicas como personales. Pablo escribe: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica» (1 Corintios 10:23, RV1960). Es una de esas frases que parecen sencillas hasta que uno intenta aplicarlas en una junta directiva, en una decisión de expansión, en un proyecto que es técnicamente viable pero cuyo costo humano nadie quiere calcular.

Podemos ir a la luna. La pregunta no es si podemos. La pregunta es para qué, con qué costo, desplazando qué otras prioridades. Un liderazgo que solo se pregunta «¿podemos?» sin preguntarse «¿debemos?» es un liderazgo que eventualmente pagará consecuencias que no supo anticipar. La sabiduría, en la tradición bíblica, no es la acumulación de capacidades sino el discernimiento de cuándo y cómo usarlas.

Proverbios lo dice de manera directa: «El corazón del hombre piensa su camino; más Jehová endereza sus pasos» (Proverbios 16:9, RV1960). Planeamos, y está bien planear. Pero hay una humildad implícita en ese versículo que el liderazgo moderno suele resistir: la de reconocer que hay una perspectiva más amplia que la propia.

La grandeza del ser humano no está en hasta dónde llega

Una de mis secciones favoritas de los Salmos es el Salmo 8. No porque sea poético (aunque lo es) sino porque sostiene una tensión que pocos textos logran mantener con tanta elegancia. «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites? Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra» (Salmos 8:4-5, RV1960). Pequeñez y dignidad en el mismo versículo. Fragilidad y corona juntas.

Esa tensión me parece el corazón del problema del liderazgo contemporáneo. Hemos aprendido a habitar la corona y hemos olvidado la fragilidad. Hemos adoptado una visión de liderazgo ilimitado, de expansión sin fronteras, donde se exalta la superación constante de límites, como si estos fueran siempre obstáculos y nunca marcos de sentido. Pero el Salmo 8 dice algo distinto: la grandeza del ser humano no está en cuánto puede abarcar, sino en la relación que tiene con quien lo creó.

Un astronauta en el espacio no es más grande que uno que cuida de su comunidad en tierra. La extensión del dominio no mide la profundidad del propósito.

Hay un estado futuro, pero no es el presente

No quiero dejar la impresión de que la teología bíblica cierra toda puerta a la expansión humana. Eso sería leer el texto de forma parcial. Pablo habla de una transformación futura que cambia radicalmente las condiciones de la existencia humana: «Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción» (1 Corintios 15:42, RV1960). Hay un estado glorificado en el horizonte de la promesa cristiana, donde las limitaciones biológicas actuales no serán el marco.

Pero ese estado no es el presente. Y pretender vivir hoy como si ya estuviéramos en esa condición, “sin las restricciones del cuerpo, sin los límites del diseño original” es un error de ubicación temporal. Los líderes que actúan como si no tuvieran límites no están siendo valientes. Están confundiendo el presente con una promesa que todavía no se ha cumplido.

La responsabilidad actual es más concreta: administrar bien lo que se nos ha dado, en el tiempo que se nos ha dado, dentro del diseño en que fuimos colocados. Eso no es resignación. Es fidelidad.

Lo que Artemis le dice al liderazgo

Termino donde empecé: con esa imagen del transbordador subiendo. Y con la pregunta que sigue sin respuesta fácil. No porque la exploración espacial sea mala. Sino porque el impulso que la mueve (la necesidad de ir más lejos, de conquistar lo siguiente, de no quedarse quieto), es el mismo impulso que puede construir civilizaciones o destruirlas, dependiendo de si está anclado en propósito o simplemente en ambición.

El liderazgo que la Biblia dibuja no es el de quien llega más lejos. Es el de quien llega al lugar correcto, en el momento correcto, con los recursos correctos, sin dejar a nadie atrás en el camino. «Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres» (Salmos 115:16, RV1960). No como un techo, sino como un territorio. Uno que todavía, con todo y su historia, no hemos terminado de cuidar bien.

Esa me parece la tarea más urgente.

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Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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