LA INTIMIDAD CON CRISTO

Dios señala en su palabra que se ha propuesto transformarnos a la imagen de Jesucristo. Esto implica que cuando Dios acabe su obra en nosotros vamos a parecernos más a Jesús y menos a lo que éramos cuando nos encontró.
Es obvio que para ser transformados a su imagen es necesario que tengamos una cabal comprensión de su persona, su carácter, su manera de ser. Para alcanzar esta familiaridad con Jesucristo tenemos que estar con él. La comunión íntima con él es la clave de la transformación. Nadie puede llegar a conocer bien a otra persona sin pasar tiempo con ella. En la intimidad descubrimos sus motivaciones, deleites, anhelos y tristezas, y también llegamos a percibir su visión y propósito. Apreciamos esas características que son difíciles de expresar con palabras. La intimidad nos permite anticipar su reacción a una variedad de circunstancias.

Sin duda, los más allegados a Jesús tuvieron una comprensión y apreciación de él que no pudo tener nunca la multitud que lo escuchaba de vez en cuando. Tampoco la pudieron tener los líderes religiosos y políticos que lo contemplaban con prejuicios y sospechas. A la hora de determinar quién debiera reemplazar a Judas Iscariote, Lucas señala que los once apóstoles restantes entendieron la gran importancia de esta intimidad: Por tanto, es preciso que se una a nosotros un testigo de la resurrección, uno de los que nos acompañaban todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros, desde que Juan bautizaba hasta el día en que Jesús fue llevado de entre nosotros. Hechos 1:21–22

Este texto revela que había otros, aparte de los doce apóstoles, que gozaban de una relación muy estrecha con Jesús, seguramente por una fuerte motivación propia, ya que no mediaba ningún nombramiento ni reconocimiento público. Implica también que el grupo de los apóstoles no era tan cerrado como algunos han presumido.
Jesús fue el que buscó la intimidad de esta relación. Al llamar a algunos hombres como discípulos, su propósito era que estuviesen con él, que pasaran tiempos juntos, que llegaran a conocerse. Se franqueó con ellos, les brindó su hospitalidad.

Los discípulos acompañaron a Jesús casi constantemente. No había aspecto de su vida que ellos desconocieran. Oraron con él. Presenciaron sus milagros y prodigios. Escucharon sus enseñanzas y, en muchos casos, sus explicaciones posteriores. Le preguntaron sobre sus inquietudes. Tuvieron tal intimidad con él que hasta sintieron cierta libertad para discutir con él y rogarle favores. Luego Jesús les asignó tareas y responsabilidades y usó esas mismas circunstancias para ampliar su conocimiento de Dios y de su voluntad. De modo que su aprendizaje fue muy dinámico; no fueron alumnos pasivos. A veces se equivocaron, y a veces les traicionaron las fallas de su propio carácter.

Ellos conocieron a Jesús en tiempos de cansancio, de gran tensión y conflicto y en las ocasiones cuando éste recibió del Padre su aprobación tan apreciada. Lo conocieron en sus momentos de angustia en Getsemaní, cuando sufrió la traición de Judas Iscariote, cuando fue arrestado y escarnecido por los soldados romanos. Lo vieron morir en la cruz. Sintieron la vergüenza de su propio temor y alejamiento. Y lo vieron resucitado. Finalmente lo vieron ascender al Padre entre las nubes y los ángeles.
Ese conocimiento personal y profundo formó en ellos un depósito rico y abundante que volcarían luego en la iglesia naciente. No fueron conocidos por su oratoria ni por su capacidad intelectual. Se destacaban simplemente porque habían estado con Jesús.

Sin una relación íntima con Jesucristo, la percepción de él, de sus caminos y de sus palabras puede tornarse formal, legalista, esquematizada. Pero la intimidad nos acerca al corazón, a la médula de sus pensamientos y a la comprensión de sus propósitos. Jesús prefirió llamar «amigos» a sus discípulos más allegados (Juan 15:15), a fin de señalar el grado de intimidad que quería tener siempre con ellos.

Una relación de intimidad requiere una disposición de ser transparente, íntegro, honesto. La intimidad nos hace vulnerables; es una de las razones que impiden ser íntimo con todos. Sin embargo, si bien es cierto que uno no puede ser íntimo con todos, es igualmente necesario que sea íntimo con algunos.

La intimidad con Cristo trae muchos beneficios. Podemos volvernos sinceros sin temer que nos traicione. Nos anima a reconocer y confesar los pecados y faltas. Nos consuela y alienta en las pruebas. Nos trata con veracidad y bondad.

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