Dios y los santos del Cielo (1)

Dios y los santos del Cielo

Templo o Santuario

El Cielo es el Templo o Santuario de Dios, solo entra el justo gracias a Cristo redentor (Heb 10,19).

Tambien refiere a la imagen del Templo 1 Cor 13,12, el encuentro con Dios cara a cara en el Cielo, que expresa el encuentro del justo con Dios en el Templo de la antigua alianza.
El Templo celeste, no es un templo material: hablando de la ciudad celestial dice S. Juan que no vio templo en ella «pues su templo es el Señor Dios, el Dueño de todo, y el Cordero (Apo 20, 22).

El lugar de encuentro con Dios es la misma divina intimidad y es Cristo por quien tenemos acceso al Padre. Él mismo se llamó Templo de Dios.

La idea arranca de la antigua alianza en el paso de templo material a templo espiritual para un culto auténtico, que hace Isaías en su cap. 66. El anhelo del Reino de Israel en su grandeza, bajo David y Salomón, por reconstruir el Templo del Señor, se asemeja al Cielo de los cristianos.

Casa de Dios

De igual manera, la imagen del Cielo refiere a Casa de Dios, en la que hay muchas moradas, que el Señor ha ido a preparar para sus discípulos.

Pablo lo explica con claridad meridiana: Sabemos que si se destruye esta casa terrenal nuestra en que acampamos, tenemos casa que existe por Dios, Morada no hecha por manos, eterna, en los cielos (2 Cor 5,1).

La imagen puede relacionarse con algunas ideas veterotestamentarias (Is 56,5; 57,15 y Prv 8,31) y con la alegoría de la Iglesia-construcción: sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (Mt 16,18).
Estando en la Casa de Dios, se goza de la situación y los bienes de Dios así como de su vista y amistad.

Paraíso

El Cielo como Paraíso, la palabra explícita Hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43), dice el Señor al ladrón convertido que agoniza en una cruz junto a Él.

Y en expresión profética dice también el Señor en el Apocalipsis: Al que venza, le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios (Apo 2,7).

Esta referencia al Génesis, con alusión a la superioridad de la condición celestial sobre la del primer hombre, y una plena explicitación de la promesa de restauración mesiánica contenida en Isaías y en Ezequiel (Is 51,3 y Ez 36,35 y 47,12).

La imagen del Paraíso, que a veces sólo se considera en relación al estado de felicidad anterior al pecado, es profundamente religiosa antes que humana: el Paraíso es el lugar de Dios, el lugar al que Dios acude para compartir con los hombres. Ésta es la idea que debemos subrayar ahora al relacionar el Paraíso con el Cielo definitivo.

Estado final de los bienaventurados

La voz Cielo, que ha prevalecido para expresar la situación final bienaventurada de los justos, indica primariamente la participación de los bienes de Dios.

En el cielo se está con Dios, y como Dios (salvadas las diferencias esenciales entre Creador y creatura). Éste es el lugar propio de los justos: Nuestra ciudadanía se encuentra en los cielos, de donde esperamos que venga el Salvador, el Señor Jesucristo (Fil. 3,20); somos como una colonia de ciudadanos celestes que provisoriamente estamos en la tierra: éste es el sentido maravilloso de la palabra griega usada por S. Pablo, politeuma.

Allá nos espera la recompensa (Mt 5,12 y 19,21), se nos reserva la herencia filial (1 Ped 1,3), para llegar allá hemos sido creados y salvados (Lc 10,20 y Heb 12,23).

Es nuestra casa paterna (padre nuestro Mt 6,9), que alcanzaremos (2 Cor 5,1), que esperamos (Col 1,5): Mirad la residencia de Dios con los hombres y él habitará con ellos (Apo 21,3).

 

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