Dios y los santos del cielo (2)

 Dios santifica a los bienaventurados

El cielo como la Gloria de Dios

Considera el valor del estado celestial, Dios es glorioso y al mismo tiempo quien reparte su gloria entre los hombres.

El Señor glorificado ( 1 Cor 2,8) o elevado a la gloria (Hech 1,9-11) nos glorifica progresivamente (2 Cor 3,18), llevándonos hacia el Reino y la gloria de Dios (1 Tes. 2,12) por el mismo camino que siguió Él, o sea por el camino del dolor que acaba en gloria (2 Cor 4,17; Rom 8,18).

Nuestro destino es alcanzar «con Cristo» el Cielo para su gloria eterna (1 Ped 5,10), manifiesta proféticamente con el esplendor de la nueva Jerusalén (Apo 21,23).

Estar en la gloria de Dios refiere a la participación de los bienes valiosísimos de Dios, indica que la situación celeste es fruto de un reflejarse el Dios glorioso sobre el bienaventurado.

Los Santos de Dios

Los bienaventurados son llamados santos en el lenguaje cristiano. Este concepto es profundo y en la Biblia se aplica analógicamente a Dios y a los hombres justos.

Dios es santo porque es puro e inaccesible; la creatura se santifica por su consagración o plena dedicación al Dios santo.

Cristo ofrece un caso singular de santidad ya en su divinidad, y en su humanidad consagrada a ser instrumento de la divinidad en la obra de la salvación.

En Cristo la Iglesia es santa y santos son sus miembros; con más razón aún es santa la ciudad celeste (Apo 21,2), pues en ella nada hay profano.

Santos fueron llamados los fieles, en este sentido de consagrados a Dios y miembros del Cristo santo.

Los bienaventurados y Dios

La visión de Dios expuesta por Pablo nos caracteriza la vida celestial en oposición a la vida terrena en 1 Cor 13,8-13.

La contraposición entre el modo de alcanzar a Dios por el conocimiento en la tierra y el del Cielo es notorio: es lo imperfecto en contraposición a lo perfecto, es como ver por medio de espejo que cambiará en visión facial o inmediata, y es conocimiento parcial y transitorio que pasará a total y permanente.

El aspecto intelectual que se considera especialmente aquí, va, sin embargo, junto a la relación en el amor, que, ya empezada en la vida terrena, permanece en la vida celestial.

Igualmente hay que considerar 2 Cor 5,6 ss., y la primera carta de Juan 3,2 y otros que también confirman la exégesis paulina en su concepto fundamental (Apo 22,4; lo 17,3; Mt 5,8).

Conocer a Dios – Amar

Dios aparece como iluminador del hombre en el estado celestial, puesto que Dios sólo puede ser visto en su propia luz (Apo 21,23 y 22,3-5).

La visión cara a cara, esta expresión en el libro del Éxodo, significa tratar íntimamente con Dios; este trato se realiza por la fe, en la oscuridad propia del conocimiento de fe (Ex 33,11 y 18-23): otro conocimiento, dice Dios, no es posible.

Dios se revelaba a través de figuras, veían a Dios los profetas y por mirada de fe los justos lo veían en el Templo de Jerusalén, donde moraba Dios misteriosamente (Sal 42,3).

En Éxodo, se afirma de que Moisés no puede ver la faz divina, dice, sin embargo: Yahwéh hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo (Ex 33,11).

Solo Cristo veía a Dios con una muy superior claridad por lo cual puede manifestarlo con seguridad: A Dios nadie le ha visto nunca; el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo ha manifestado (Jn 1,18; Jn 14,9).  De esta visión filial nosotros participaremos en la consumación celestial (1 Jn 3,2).

Afirmada esta vinculación-asimilación intelectual con Dios que nos da ciertamente el concepto de visión, debemos recordar que este conocimiento se nos revela en un ambiente vitalmente más amplio: junto al conocimiento está el amor, y ambos elementos juntos realizan la convivencia plena con Dios.

Este segundo elemento nos viene expresamente indicado en los textos en que se habla del Dios que es amor (1 Jn 4,8 y 16) y de la Iglesia, esposa de Cristo muy amada, máximamente en su estado perfecto y definitivo (Apo 21,2).

El amor correspondiente a la visión es continuación y sublimación del amor del creyente en este mundo: «el amor nunca fenece» (1 Cor 13,8).

No se refiere al amor hacia algo o alguien deseado, sino amor de benevolencia, correspondencia del que tiene Dios al bienaventurado a este propósito: No es primariamente una posesión objetiva, sino un encuentro personal, un encuentro de amor perfecto».

Es precisamente en este darse a Dios por amor, como el hombre, lejos de vaciarse, se realiza plenamente. Así encontramos la síntesis de los elementos aparentemente contrapuestos: el hombre recibe a Dios por la visión y el hombre se da a Dios por el amor, en correspondencia al amor de amistad que Dios le ofrece viniendo a él.

En este amor plenamente consciente que, manteniendo distintas las personalidades de Dios (de las tres Personas divinas) y de cada bienaventurado, las junta maravillosamente, se desarrolla un diálogo íntimo entre las tres Personas divinas y cada uno de los santos: diálogo de adoración, de amor, de culto en espíritu y en verdad, al mismo tiempo que de profunda y total simpatía y colaboración, como participación que es de los mismos diálogos intratrinitarios.

En este diálogo está la plenitud del que aquí en la tierra se inicia por la fe, el culto y el servicio de Dios en Cristo Jesús. Pero, en tanto supera la vida celestial a la vida de la fe, que aquí apenas podemos balbucear lo que será el diálogo lúcido y amoroso de la visión celestial.

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